MENENDEZ (Parte 1) EL DIA DEL SEÑOR


Un sacerdote con un método de exorcismo que haría que el mismísimo Vaticano pida licencia psiquiátrica. Nada de agua bendita, nada de latín, acá el demonio se expulsa a trompadas. Y si no funciona, (ponele) una llave Stillson en la cabeza y asunto resuelto.

Quedate hasta el final de este análisis, porque en la ESCENA CLAVE se esconde el MENSAJE que define si esto es una BASURA CINEMATOGRAFICA… o una parábola brutal sobre redención y locura.

Así, con esta premisa, un sacerdote que descuelga el teléfono para confesarse con alguien que conoce cada rincón podrido de su alma, y ocho momentos turbios que te van a hacer replantear si todo lo que creías sobre el cine de exorcismos no era apenas catequesis para espectadores ingenuos (ponele)… El PELADO Investiga, les presento… MENENDEZ (Parte 1) EL DIA DEL SEÑOR.


LA TRAMA DE LA PELÍCULA
“Menéndez (Parte 1) El Día Del Señor” nos introduce a un ex sacerdote marcado por la tragedia: durante un exorcismo, la muerte de un niño quedó tatuada en su conciencia como culpa imperecedera.
 
Menéndez no duerme, sobrevive a una vigilia punzante. Sus sueños son un campo de batalla donde la madre del niño que asesinó a golpes —bajo el elegante eufemismo de "exorcismo"— lo persigue sin tregua. Aquí la película establece el tono: la fe no es un refugio, es una patología.

Aparece en escena Sebastián, un joven mexicano que representa el "éxito" pasado de Menéndez. El hombre tiene un historial oscuro, pero Menéndez lo "arregló". La ironía es deliciosa: un hombre roto reparando a otro hombre roto para que ambos terminen rompiendo a alguien más. Sebastián trae la desesperación bajo el brazo: su hija está poseída. Le ruega una intervención, apelando a una lealtad que huele a azufre.

Aquí es donde la narrativa se vuelve verdaderamente enferma. Menéndez no usa agua bendita y latín de manual; él tiene un “modo particular” de trabajar. Le advierte a su amigo, con una frialdad quirúrgica, que su método es violento y peligroso.

La respuesta de Sebastián es la cúspide del fanatismo ciego: “Si es así, prefiero que esté en el cielo con el Señor, antes que abajo con Satanás”. Es la lógica del inquisidor: "Matémoslos a todos, que Dios reconocerá a los suyos". La vida de la hija es secundaria ante la pureza dogmática.

Menéndez accede. El trato está hecho. La orden es clara: “tráela mañana”. La aceptación del sacerdote no nace de la caridad cristiana, sino de una pulsión oscura de validación. Al aceptar el "caso", Menéndez busca redimirse del niño que mató repitiendo el mismo proceso, esperando un resultado diferente. Es la definición de locura.

Se nos prepara para un choque donde la línea entre el exorcista y el demonio es inexistente. Menéndez no busca salvar un alma, busca saciar su propia sombra bajo el amparo de la sotana. El escenario está listo para que el "Día del Señor" se convierta en un matadero de fe.

CONFLICTO INTERNO DEL PROTAGONISTA
La culpa lo persigue en sus pesadillas en una de ellas, Marisa se materializa con unas tijeras. Mientras los cristos crucificados en la pared gritan en un coro de mudos, la secuencia sugiere que ella le corta el pene. No es solo un trauma físico; es la mutilación de su poder, de su virilidad espiritual y de su capacidad de "engendrar" fe. Menéndez despierta en el terror de saberse impotente ante su propio pecado.

LA NATURALEZA DE LA PELÍCULA
Estamos frente a un drama psicológico disfrazado de película de exorcismos, con tono oscuro, brutal y realista. Su estilo visual es claustrofóbico, con iluminación que refleja decadencia y espacios que funcionan como extensión del estado mental de Menéndez. En comparación con películas clásicas del género:

“El Exorcista” (Karras y Merrin): fe, ritual y sacrificio heroico.
“The Conjuring” (los Warren): protección amorosa, investigación, claridad moral.
“El exorcismo de Emily Rose”: dilema institucional y conflicto de fe versus ley.

Menéndez se aleja de estos modelos: no hay ritual magistral ni héroe altruista. La violencia corporal sustituye al rito, y el terror es más humano que sobrenatural.

La premisa nos lleva al pasado, un flashback donde vemos a Menéndez consolado por una Marisa herida, justo antes de que la cámara nos revele el horror: un niño muerto, ensangrentado, con los brazos atados a una silla. Es la inversión del sacrificio de Isaac; aquí no hubo ángel que detuviera la mano del verdugo. Las sirenas de la policía son el único "amén" que recibe este rito fallido.

LA POSESA
Sebastián llega con su hija, Raquel. La cámara adopta la mirada sucia de Menéndez; la observa con una mezcla de sospecha y algo mucho más terrenal (ponele). La joven pisa la alfombra empapada en agua bendita con absoluta apatía. El agua no quema, lo que quema es la duda.

Menéndez se acobarda: "No puedo hacerlo, no estoy preparado". Sebastián, en un despliegue de fanatismo psicótico, saca una navaja y amenaza con suicidarse. Es la manipulación definitiva: obligar a un hombre que ya mató a un niño a ser responsable de otra muerte si no "salva" a su hija.

En el closet de la habitación, la joven descubre una grieta y, tras ella, un ojo que la observa (ponele). El voyerismo se vuelve metafísico: alguien —o algo— siempre está mirando. El crucifijo al revés en la pared no es solo un tropo de terror; es la señal de que en esa habitación la jerarquía celestial se ha invertido.

La joven intenta huir, pero Menéndez lleva la llave al cuello. El diálogo es una estocada: ella amenaza con gritar que la está violando, y él, con una calma aterradora, le recuerda que no hay vecinos. La joven está atrapada en un limbo geográfico y moral.

Raquel despierta atada, reducida a un objeto. Debajo de ella, un sello demoníaco o pentagrama. Es la ironía suprema: el exorcista utiliza la geometría del ocultismo para "contener" el mal. Menéndez la observa fumando, con la parsimonia de quien ya ha aceptado su papel de monstruo.

Al sonar las campanas, Menéndez sentencia: “El día del Señor”. Para él, el domingo no es un día de descanso, es el día del juicio. Es una referencia directa a la justicia divina que no conoce misericordia, solo castigo.

No le interesa el nombre del demonio ni su origen. Él no es un burócrata de la fe; es un inquisidor de la carne. Su advertencia es una amenaza física: "Experimentarás el dolor". Aquí, la fe se transmuta en sadismo puro.

Raquel, en un estado de terror absoluto, pierde el control de sus esfínteres. Menéndez, lejos de sentir compasión, utiliza este despojo de dignidad humana como conductor.

El momento en que aplica la picana eléctrica sobre la orina de la joven es la cima de su degradación moral. La conducción del dolor a través de los fluidos corporales es una metáfora de cómo el sacerdote contamina lo que toca. Ella solloza, lo insulta; él responde con descargas. Menéndez no está expulsando un demonio, está intentando electrocutar su propia sombra, proyectada en el cuerpo de una adolescente.

El rito se detiene, pero no por éxito espiritual, sino por el colapso de la certeza del verdugo. Menéndez sube a la casa. Su rostro ya no refleja la frialdad del inicio, sino el desconcierto. La duda es el único rastro de humanidad que le queda, y es una duda aterradora: ¿Y si no hay nada que expulsar? ¿Y si solo está torturando a una niña?

En un acto de desesperación que rompe su fachada de "lobo solitario de Dios", toma el teléfono de Raquel y llama al padre de la joven. Este gesto instala la idea de que Menéndez sabe que ha cruzado una línea de la que no hay retorno. La llamada es el reconocimiento implícito de que el "modo particular de trabajar" lo ha superado. Ha invocado un dolor que ya no sabe cómo gestionar. Menéndez ya no es un hombre en crisis; es un operario del dolor que necesita validar su sadismo mediante el ritual y la complicidad.

EL EXPEDIENTE DEL HORROR
→ Primer momento turbio
El amigo se retira, el eco de la puerta al cerrarse marca el inicio de la verdadera liturgia: la soledad. El sacerdote no busca el silencio para la oración, sino el ruido blanco de un monitor de escritorio. No hay velas, solo la luz azul que baña un rostro que oscila entre la euforia, la excitación y esa frustración crónica que solo el celibato mal llevado puede parir.

En la barra del buscador, los dedos que alguna vez sostuvieron la sagrada especie teclean la verdadera confesión: “jovencitas cachondas”. Es el deseo en su estado más primitivo y menos teológico. Mientras el sitio web carga —ese limbo digital donde el pecado está a un clic de distancia— vemos el forcejeo interno. Es la lucha entre el "…porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil" (Mateo 26-41), pero sin la épica del Getsemaní, solo con la patética estética de un buscador de internet.

→ Segundo momento turbio
Entra en escena Marisa, la madre del niño que murió a golpes por medio de Menéndez, esa figura que viene a barrer el polvo, pero termina levantando la mugre espiritual. El sacerdote intenta ejercer su rol de guía: el rechazo educado, la distancia clerical. Pero Marisa no busca una bendición, busca un exorcismo táctil.

"Gracias a usted estoy viva", dice ella, y esa gratitud es el lubricante para lo que sigue. El contacto empieza con un roce en el rostro y escala rápidamente a una liturgia de lo prohibido. Ella guía la mano consagrada desde sus labios hasta sus pechos. El sacerdote no retira la mano; se convierte en el cómplice de una extremaunción sexual. Es el cumplimiento perverso de la cercanía del pastor con su oveja: aquí el "toque sanador" se desplaza unos centímetros hacia abajo para convertirse en pulsión pura.

El trance se rompe. Marisa sale del éxtasis y se retira, dejando el aire cargado de una santidad profanada. Lo que queda instalado no es un milagro, sino la evidencia de que la fe es, a veces, solo una sublimación del hambre. La escena deja claro que el cuerpo de Cristo es lo último que les importa; lo que se busca es la carne propia reflejada en el otro.

→ Tercer momento turbio
En un giro demencial, la chica usa una picana eléctrica sobre sí misma. Es una forma de arrebatarle el control del dolor al sacerdote. Menéndez aprovecha la inconsciencia para iniciar su propio rito oscuro: la recuesta y comienza a desvestirla (abrigo de jean, blusa), deteniéndose a olerla. Aquí el exorcismo se confunde con la parafilia. El "Día del Señor" ha comenzado, y lo que Menéndez busca expulsar no es un demonio, sino su propia sed reprimida.

→ Cuarto momento turbio
Mientras ella fuma y orina —gestos de una humanidad vulgar y desafiante—, el picaporte es violentado. La joven llama a Menéndez, pero la voz del sacerdote responde desde la planta baja.

Al salir, Menéndez aparece de la nada a su lado. No hay pasos, no hay advertencia. La película insinúa que el sacerdote —o el demonio que él cree combatir— ya es dueño absoluto del espacio-tiempo de esa casa. Menéndez ya no camina, se manifiesta.

Durante el almuerzo, la confianza parece ganarse. Sin embargo, el simbolismo religioso actúa como un detector de mentiras espiritual: mientras ella habla de una fiesta y profundiza en su trauma, el crucifijo detrás de ella se voltea.

Según la demonología clásica, el demonio no soporta la verdad ni la confesión; la inversión de la cruz indica que el relato de la joven es la puerta de entrada para algo más oscuro. La empatía era solo el preludio del sacrificio. El deseo se manifiesta para ser aplastado por la "rectitud" violenta.

→ Quinto momento turbio
Ella ofrece enseñarle una coreografía. El ambiente se carga de una ironía pesada: ella se ríe de su reputación de "hombre peligroso" mientras, simultáneamente, comienza a seducirlo. Es el juego de Salomé frente a un Herodes con sotana, tentando al verdugo antes de que caiga el hacha.

La joven baila sensualmente. Menéndez no mira a una poseída; mira a una adolescente “El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”. El sacerdote está pecando con la vista antes de "salvarla" con los puños.

→ Sexto momento turbio
La escena en la habitación es el clímax de la ambigüedad. El acercamiento, la tensión sexual, el amago de un beso... y de pronto, el cabezazo. El golpe seco de Menéndez rompe la ilusión de la seducción. Es el momento en que el sacerdote decide que la única forma de no caer en la tentación es destruir el objeto del deseo. No es un acto de liberación espiritual, es un acto de odio hacia su propia debilidad. La deja inconsciente no para salvarla, sino para poder ejercer su "modo particular" de exorcismo sin que ella pueda defenderse con su humanidad.

→ Séptimo momento turbio
Sebastián entra en la casa y el primer impacto no es espiritual, es biológico: la casa apesta. Menéndez, en un intento patético de cosmética litúrgica, ha encendido incienso, pero el humo sagrado no puede ocultar el olor a descomposición moral que emana de las paredes.

Aquí Menéndez despliega su currículum de psicópata con sotana. Le confiesa a Sebastián que ha sometido a la joven a una serie de "pruebas" que harían palidecer a cualquier comité de ética: le dio de comer carne podrida y ella ni siquiera lo notó. Para Menéndez, la pérdida del sentido del gusto no es un síntoma clínico, es la prueba de que el paladar ya pertenece al infierno. Afirma haberla escuchado hablar en lenguas extrañas mientras dormía y por ultimo analizo su orina.

Para Menéndez, estos elementos o síntomas de la posesión. Es la burocracia del espanto. Con una frialdad absoluta, le lanza a Sebastián la frase que sella el destino de la chica: “Una vez que la veas atada abajo, esa no es tu hija; es solo la carcasa donde se esconde el demonio”.

El análisis es claro: Menéndez necesita convencer al padre de que Raquel ya no existe. Si no hay una niña, no hay un crimen; solo hay un recipiente que debe ser purificado a golpes. Es la deshumanización necesaria para que el verdugo pueda operar sin que la conciencia le estorbe. La hija ha muerto antes de que empiece el exorcismo; ahora solo queda el envase.

→ Octavo momento turbio
La película cruza aquí la última frontera del tabú, utilizando la transgresión sexual como el arma definitiva de destrucción moral.

La joven posesa somete a Sebastián a una violación ritual (sexo oral y coito) ante los sollozos del hombre. Es el "quiebre total". El demonio no solo destruye el cuerpo de Raquel, sino que aniquila el alma de Sebastián obligándolo a participar en el acto prohibido por excelencia. Es la inversión del orden familiar y divino: el padre convertido en el juguete sexual de la "carcasa" de su hija.

Menéndez logra soltarse y arrojarse sobre ella. No hay oraciones aquí, solo técnica de combate: la joven lo reduce al sacerdote, le aprisiona el cuello con las piernas y le rompe los dedos.

El cierre de la secuencia es de una ironía poética brutal: Sebastián, el hombre que inició todo pidiendo ayuda, termina la escena golpeando a su propia hija con un extintor para detener la pesadilla.

EL EXORCISMO
Menéndez arranca páginas de la Biblia, versículos específicos que usará como munición. Se venda las manos como un boxeador, mientras Sebastián se pone un pasamontaña. Es una mascarada grotesca: el padre oculta su identidad y cambia su acento para engañar al demonio, pero en realidad, se oculta de su propia conciencia.

El inventario de herramientas es una burla a la iconografía cristiana. Donde debería haber incienso y óleos, hay martillos, llaves Stillson, manoplas y tenazas. El crucifijo es solo una pieza más en este kit de construcción de agonía. Menéndez golpea a Raquel con las manoplas de acero. El contraste es brutal: mientras sus nudillos rompen tejido humano, su boca recita: “Señor, tú eres mi refugio”. Es la perversión absoluta del Salmo 91.

Menéndez usa dos llaves Stillson para formar una cruz. No es un símbolo de redención, sino un arma de impacto. El golpe en la cabeza que deja a Raquel inconsciente marca el punto de no retorno. Cuando Sebastián duda, Menéndez lanza su frase icónica, su propia sentencia de muerte espiritual: “Yo sé cómo hacerlo, es mi maldición”. Raquel despierta y llama a su padre, un grito de humanidad que el ritual intenta silenciar. Menéndez toma la tenaza. Cada uña arrancada es acompañada por un “Señor, ten piedad”.

En la tradición ocultista y en ciertos martirologios, el desprendimiento de las uñas simboliza la pérdida de la protección y el agarre al mundo terrenal. Menéndez cree que está pelando la cáscara para sacar al demonio; en realidad, solo está desollando la inocencia. El rito se ha convertido en un bucle de dolor infinito donde Dios es el pretexto y la crueldad es el sacramento.

EL ENGAÑO
La violencia ha escalado tanto que el fanatismo de Sebastián finalmente colapsa bajo el peso de la realidad biológica: su hija está siendo desmembrada frente a él. Sebastián reacciona. El hombre que antes pedía la muerte de su hija "antes que verla con Satanás", ahora patea a Menéndez en el estómago. Es un estallido de furia animal, no espiritual. El "método" del sacerdote ha logrado lo imposible: convertir al devoto en un agresor de su propio guía.

Al desatarla, la película nos da el primer indicio visual de que Menéndez, para desgracia de todos, podría tener razón. Raquel babea sangre, sonríe y sus ojos han dejado de ser humanos. El susurro "Gracias, papi" tras arrojar a su padre con fuerza sobrehumana es la firma del demonio: la gratitud por el dolor que le permitió manifestarse.

CLIMAX DE LA PELICULA
El demonio deja de ser un huésped en el cuerpo de Raquel para convertirse en el arquitecto de la percepción de Menéndez. El exorcista ordena a Sebastián que suba a la joven, pero el padre ve al demonio con la apariencia del sacerdote. Es la confusión absoluta de identidades: ¿quién es el santo y quién es el monstruo si ambos visten la misma piel y ejecutan la misma violencia?

A solas, Menéndez se enfrenta a su propio infierno. El demonio usa la voz de Marisa para recordarle su fracaso: no salvó al niño. Luego ataca la moral de Sebastián, cuestionando si el sadismo contra su hija le resultó excitante. El mal no necesita cuernos; le basta con señalar la hipocresía humana.

En medio de un silencio sepulcral, emerge una figura antropomorfa del fondo del sótano. Menéndez, aferrado a sus dos llaves Stillson en forma de cruz, le hace frente. Es el choque final entre la fe mecánica de un hombre roto y una entidad que se alimenta de esa misma rotura. La casa tiembla, las grietas en el piso anuncian que el infierno ha reclamado su jurisdicción.

El rito termina, pero no hay gloria, solo un agotamiento que huele a muerte. Menéndez emerge del sótano como una aparición espectral: ensangrentado, vacío, al borde del colapso. Rechaza el hospital porque sabe que sus heridas no son clínicas, son espirituales. Ha cumplido su "maldición".

Sebastián y Raquel se marchan, dejando atrás al hombre que los destruyó para "salvarlos". El cierre es una estocada de hierro frío: la joven se da vuelta y le dice “Gracias”.

Ese "gracias" es la ambigüedad total. ¿Es la joven agradecida por la liberación o es el demonio despidiéndose de su mejor cómplice? Menéndez se queda solo en una casa en ruinas, sabiendo que el mal no fue expulsado, sino alimentado. El "Día del Señor" termina no con una bendición, sino con el silencio de un hombre que se convirtió en lo que juró destruir.

¿QUÉ MENSAJE NOS DEJA?
La película nos obliga a mirar a un hombre que ha hecho cosas imperdonables y nos lanza una pregunta incómoda: ¿Tiene derecho a la paz? El mensaje que nos deja es que la redención es posible incluso para los verdugos, siempre y cuando el corazón esté dispuesto a perdonarse a sí mismo. Menéndez no es un santo, es un pecador funcional. Su "método" nos dice que, a veces, para expulsar al demonio de otros, primero tienes que domesticar al demonio que vive en tu propia memoria.

El mensaje final es una oda a la esperanza ácida. Nos dice que no hay demonio, por más antiguo o brutal que sea, que pueda contra un hombre que ya no tiene nada que perder excepto su alma. La película cierra con una tesis poderosa: la fe es el camino seguro, pero es un camino lleno de espinas, clavos y llaves Stillson. La victoria no es salir ileso, es salir en paz.

EPILOGO
Menéndez no es un héroe de vitral, es el síntoma de una religiosidad subterránea donde la redención exige piel y clavos. Al final, nos queda la imagen de un hombre que transformó su trauma en un sacramento de hierro. La película no nos pide orar, nos obliga a mirar el abismo de quien, para salvar el alma ajena, decide condenar la propia.

Mi calificación para Menéndez (parte 1) El Día del Señor, es un 8 PELADO Investiga.

ESCENA CLAVE
Cuando el marcador nos señalaba, una hora, veintisiete minutos y cuarenta y tres segundos la película nos da el golpe de gracia. Menéndez, solo en su ruina, atiende el cuarto llamado. La conversación es perturbadora: habla de un demonio menos, de súplicas antes de morir, de un trabajo terminado. La lente sigue el cable del teléfono y nos revela la verdad: el aparato está desconectado.

Durante toda la premisa creímos que Menéndez buscaba validación en un colega o un superior. Pero no. Este cierre confirma la sospecha más audaz: Menéndez siempre estuvo hablando con Dios. O, al menos, con su versión de Él.

Este momento repara, de una forma retorcida y sublime, todo el mal que creímos presenciar. Las palabras finales de Menéndez son un bálsamo de hierro: “La joven ha sobrevivido... yo estoy bien, en paz. Espero que me sigas guardando ese hueco que me prometiste en tu Reino, por los siglos de los siglos”.

Más allá de la sangre y las llaves Stillson, lo que queda es la presencia. En medio de una conciencia torturada y un alma en llamas, Menéndez descubre que Dios no lo ha abandonado en el sótano. Dios está allí, escuchando el auricular de un teléfono muerto. Es la confirmación de que, aunque el método sea brutal, el operario no está solo en la trinchera.

El fundido a negro con la palabra “AMÉN” no es solo un cierre litúrgico; es una declaración de principios. La batalla de Menéndez no era solo contra el demonio del hijo de Marisa, sino contra su propia incapacidad de perdonarse. Al salvar a Raquel, Menéndez se salva a sí mismo. Las palabras "Guárdame ese hueco que me prometiste" nos hablan de una esperanza que sobrevive al horror.

Esta escena nos enseña que, sea cual sea el demonio que enfrentemos, la victoria no depende de la pulcritud del rito, sino de la disposición del corazón al perdón. Menéndez es un monstruo para el mundo, pero un soldado para su Reino. La fe, en su expresión más cruda y violenta, se vuelve el único camino de regreso a casa.

Al final, MENENDEZ (Parte 1) EL DIA DEL SEÑOR nos deja una lección ácida: a veces, para escuchar a Dios, hay que desconectar el mundo y ensuciarse las manos con la misma sangre que intentas salvar. No es un santo de vitral, es un santo de sótano. Y en su locura, encontró la paz que la cordura le negaba. Amén.

El PELADO Investiga.

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