
Si algo hace esta premisa mejor que contar una historia… es prenderle fuego a cualquier intento de tomársela en serio. Es una tragedia adolescente contada por gente que no sabía que estaba contando una tragedia.
Quédense hasta el final de este análisis, porque en la ESCENA CLAVE del desenlace vamos a descubrir el MENSAJE más incómodo de esta historia: lo que pasa cuando el poder se le entrega a alguien que ya está vacío por dentro.
Así, con esta premisa, (ponele) El PELADO Investiga, les presento… LASERBLAST.
CUANDO LA PELÍCULA SE SABOTEA SOLA
Si algo hace “Laserblast” mejor que contar una historia… es prender fuego cualquier intento de tomársela en serio. Porque más allá del caos narrativo, hay momentos donde la película directamente se traiciona a sí misma, como si dijera: “mirá, no tengo idea de lo que estoy haciendo… y tampoco me importa”. Y lo más increíble es que ni siquiera intenta disimularlo.
(12.44) Arranquemos con la autoridad, ese concepto tan noble. La policía persigue a Billy, uno de los agentes viene fumando marihuana como si estuviera en un picnic, lo frenan, lo multan, todo muy correcto… salvo por un pequeño detalle: el patrullero no tiene patente. O sea, la ley circula en un vehículo ilegal. Es hermoso. Es poético. Es involuntariamente brillante.
(20.46) Después llegamos a la gasolinera, donde la película alcanza un nivel de sinceridad brutal: en un paneo de cámara, se reflejan el ayudante del director y los cables del equipo en el vidrio del surtidor. No es un error sutil, no es un “si pausás justo lo ves”. No. Está ahí, saludando. Es como si el rodaje dijera: “ya fue, estamos todos acá, filmemos igual”.
(34.14) La famosa pelea ya ni siquiera intenta parecer real. Lo que debería ser un momento de tensión es básicamente un ensayo sin coreografía, sin timing y sin dignidad. No hay golpes: hay intenciones de golpe. No hay peligro: hay vergüenza ajena. Es el tipo de escena que no suma… resta años de vida.
Y cuando pensás que la película ya tocó fondo… decide cavar un poco más. Porque claro, todavía faltaba la secuencia donde Billy entra en modo “Hulk versión MARVEL turca”: rostro semiverde, ojos claros, colmillos improvisados y totalmente desfasado, haciendo mierda una máquina de videojuegos como si ese fuera el verdadero enemigo. Sale corriendo. Huye. Y sigue huyendo. Porque cuando no sabés qué hacer con un personaje… lo hacés correr.
Mientras tanto, el guion corta —porque sí— a los dos boludos de siempre, tirando diálogos estúpidos que no llevan a nada, pero sirven para rellenar minutos con dignidad cuestionable. Y en ese limbo narrativo ven despegar una avioneta Cessna, donde dos policías están buscando… bueno, no se sabe a quién, pero están buscando con convicción.
Corte al aire: sobrevuelan el desierto y, como si tuvieran un GPS anti boludos calibrado en “casualidad absoluta”, detectan a Billy escondido detrás de unas rocas. Le disparan. Él responde. Se oculta. Le vuelven a disparar.
Él responde otra vez. Y así entramos en un intercambio tan mecánico como inútil, un bucle sin tensión ni lógica donde nadie —ni los personajes ni la premisa— parece tener muy claro qué está pasando. Hasta que, en un giro de creatividad dudosa, Billy empieza a levantar los brazos y gesticular de una manera extraña, casi primitiva, como si estuviera invocando algo… o rindiendo un homenaje involuntario a los monos de la intro de “2001: Odisea del Espacio” de Stalin Kubrick. La avioneta pasa, Billy dispara una ráfaga completamente innecesaria… y la hace mierda.
Y cuando pensás que eso es el clímax… no. Volvemos a los dos boludos en la carretera. Porque sí. Porque el guion todavía no terminó de decidir dónde ponerlos. Y no sabemos cómo, no sabemos cuándo, no sabemos por qué… pero Billy aparece al costado de la carretera y los encuentra. Destino, magia o vagancia del guionista, elegí la que quieras.
Resultado: explosión. Más explosiones. Planos repetidos desde todos los ángulos posibles. Cámara lenta. Cincuenta y tres segundos de destrucción completamente gratuita, como si alguien hubiera dicho: “si estamos acá… hagamos que explote todo un poco más”.
Y como frutilla del postre, aparecen las tortugas. Miran la escena. Observan el desastre. Aportan exactamente nada. Y se van.
(1.13.12) Y después viene la joya. El momento donde Billy es levantado por un personaje que existe únicamente para rellenar minutos con diálogos que no llevan a nada, solo para que la escena nos transporte mágicamente hasta un cartel de publicidad al costado del camino de “Star Wars”. Y ahí, como si fuera una declaración de principios, Billy lo destruye.
INCOHERENCIAS
En esta premisa nada cierra. Billy no trabaja, no estudia… pero vive cómodo. Se despierta sobresaltado como si hubiera una conexión cósmica… pero no hay nada.
El agente federal aparece sin motivo, investiga sin lógica y entiende cosas porque el guion le avisa.
El médico extrae el objeto… y decide llevárselo solo, de noche, como si estuviera paseando un tupper. Resultado: explosión. Médico eliminado. Muestra perdida… no, mentira, después aparece igual. El laboratorio descubre que el material no es de la Tierra… y que crece.
Y las tortugas… observan todo. En tiempo real. Como si estuvieran viendo la película con nosotros. No intervienen. No explican. No resuelven. Solo miran.
LA TRAMA DE LA PELÍCULA
La premisa arranca en el desierto con un prólogo que ya te avisa todo… aunque no entienda qué está diciendo. Un alienígena tambaleante, agotado como si fue parte del grupo que acompaño a Tom Hanks en “Forrest Gump”, huye con lo que parece una aspiradora intergaláctica, perseguido por dos tortugas bípedas sin caparazón que se comunican como cuervos con bronquitis. El tipo dispara siete veces. Siete. No le pega a nadie. Bueno… casi: apenas roza a una que lleva algo parecido a un detector de metales, mientras la otra, con un solo disparo, lo baja sin problema. Precisión quirúrgica… cuando el guion decide que es momento de acertar.
Lo rematan y queda apenas la silueta calcinada en la arena, junto a la piedra de cristal que colgaba de su cuello, como si fuera importante… pero sin que nadie se tome el trabajo de explicarlo. Y acá aparece la lógica interna de la película en su máximo esplendor: dejan el arma tirada, abandonada, sin urgencia, sin consecuencia, como si olvidar el dispositivo más peligroso del universo fuera parte del protocolo. Pasa un Cessna… y se asustan. No por la humanidad, no por la exposición, no por la violencia que acaban de ejercer: por un avioncito. Entonces se suben a su nave —estacionada en medio del desierto como un Fiat 147 en doble fila— y desaparecen, como si nada. Nadie los ve, nadie los detecta, nadie sospecha nada. El mundo sigue.
Corte.
Billy.
Un pibe que ya venía mal… pero ahora tiene una aspiradora intergaláctica. La encuentra con una precisión casi milagrosa, la levanta, la prueba, juega, se entusiasma. No hay miedo, no hay duda, no hay conciencia: no descubre poder… descubre un juguete. Y ese es, probablemente, el gesto más honesto de toda la película. Pero el juguete no viene solo. Viene con accesorio: un cristal que activa el arma… y que, de paso, empieza a hacer cosas raras con su cuerpo, como si el verdadero problema nunca hubiera sido el arma, sino lo que esa combinación empieza a despertar.
ACTOR ICÓNICO
Y sí… increíblemente, en medio de este caos, aparece Roddy McDowall. El mismo de “El Planeta de los Simios”. Acá lo tenemos, en un papel tan breve y desdibujado que el pobre hombre casi parece pedir permiso para existir en el encuadre.
Dicen las malas lenguas (y las crónicas de la época) que aceptó participar para “darle prestigio” a la producción, para ponerle un sello de calidad a esta bazofia cinematográfica. Spoiler: no alcanzó. Ni con todo el talento de McDowall podés tapar el sol con un dedo… o una película con una aspiradora intergaláctica. Verlo ahí es como ver a un director de orquesta intentando dirigir una banda de vuvuzelas: le pone voluntad, pero el ruido le termina ganando a la música.
EL CONFLICTO INTERNO DEL PERSONAJE
Billy ya está roto antes de la aspiradora intergaláctica. El arma no lo transforma: lo amplifica. Pasa de la frustración a la violencia como si alguien apretara un interruptor. No hay transición, no hay proceso, no hay conflicto interno desarrollado… pero hay una lógica brutal: el poder no resuelve nada, solo potencia lo que ya estaba mal.
Cuando encuentra la aspiradora no duda, no teme… se fascina. Juega. Se entusiasma. Como un nene. Ese es el detalle más honesto de toda la película.
Después encuentra las cenizas del cuerpo desintegrado, el cristal… y con dos neuronas funcionales entiende el combo: cristal + aspiradora intergaláctica = destrucción. Se lo pone. Y listo. No hay resistencia. No hay conciencia. El poder entra… y la humanidad sale por la ventana. El cristal se incrusta en su pecho. La piel cambia. La mirada se vacía. El comportamiento se vuelve errático.
No es evolución. Es degradación. Y acá hay algo interesante —aunque la película no lo entienda—: el objeto funciona como una entidad parasitaria, casi demoníaca. No hay pacto explícito, pero la lógica es clara: portar el poder implica perder la identidad.
Cuerpo como recipiente. Poder como corrupción. Pérdida del alma a cambio de dominio. Billy no usa el arma. El arma lo reescribe.
LA VIOLENCIA: YA NO ES VENGANZA, ES RUIDO
Al principio parece revancha. Después… deja de tener sentido. Billy empieza con los que lo jodían. Bien. Lógica básica. Pero rápidamente eso se rompe. Policías, hippies, gente random… todo entra en la misma bolsa. La violencia deja de significar algo. Cuando todo explota… nada importa. Billy ya no reacciona. Billy está vacío. Y la violencia… también.
ESCENA CLAVE: EL PEOR CLÍMAX DEL SCI-FI DE LOS 70
Cuando debería cerrar… la película se rinde. Es el peor clímax del género. Caos. Explosiones. Destrucción sin dirección. Nadie entiende nada. Aparecen las tortugas. Resuelven todo en segundos. Fin. Sin arco. Sin aprendizaje. Sin resolución. Billy cae. Kathy lo abraza. Lo acaricia. Silencio incómodo. La nave se va. El agente federal se los queda mirando. Y ahí queda todo. No es un final. Es un corte.
Y esta es la ESCENA CLAVE: porque Billy muere siendo exactamente el mismo don nadie que era al principio. No hubo aprendizaje, no hubo evolución, no hubo gloria. Las tortugas se llevan la aspiradora intergaláctica y él volvió a ser el pibe invisible. La muerte no es el final de su camino, es la confirmación de que nunca empezó.
LA NATURALEZA DE LA PELÍCULA
“Laserblast” (1978), también conocida como “El Rayo Destructor del Planeta Desconocido”, parece otra criatura mutante nacida al calor del éxito obsceno de “Star Wars” (1977): rayitos de colores, alienígenas y ese cotillón espacial que Hollywood empezó a fabricar como churros galácticos. Pero rascás apenas la pintura —y no hace falta rascar mucho— y lo que aparece no es una épica interplanetaria… sino algo bastante más deprimente y terrenal.
Porque, en el fondo, está mucho más cerca de “Carrie” (1976), que de cualquier aventura espacial. Acá hay un adolescente marginado, blanco de burlas constantes, atrapado en un entorno donde el bullying no es un conflicto: es el clima. La diferencia es que, en vez de construir una tragedia con peso emocional, la película decide que la mejor forma de procesar el trauma es darle un arma alienígena y ver cuántas cosas puede hacer explotar antes de que se acabe el presupuesto.
También asoma esa idea —tosca pero reconocible— del pibe que nunca encajó, del entorno que en lugar de contener empuja. Hay algo interesante flotando: cómo la presión constante, la humillación y el aislamiento pueden deformar a alguien hasta convertirlo en un recipiente de violencia. El problema es que “Laserblast” no excava esa idea… la tapa con efectos berretas y sigue como si nada.
¿QUÉ MENSAJE NOS DEJA?
El entorno moldea la violencia. El poder sin contención destruye. La soledad extrema no fortalece… deforma. Billy no es un monstruo. Es un pibe que nadie vio… hasta que fue tarde.
La aspiradora intergaláctica no es la causa. Es el catalizador. No es ciencia ficción. Es una tragedia adolescente… contada por gente que no sabía que estaba contando una tragedia. Y quizás por eso funciona.
Porque debajo de la aspiradora intergaláctica, las dos tortugas bípedas sin caparazón que se comunican como cuervos con bronquitis y el caos sin sentido… hay algo incómodo: cuando nadie te ve… cualquier poder puede terminar mal. Y ahora sí…
Mi calificación para “Laserblast” es un sólido e indiscutible: -1 PELADO Investiga.
El PELADO Investiga.