
Fue poseída cuando era una niñata, la exorcizaron, sobrevivió… y trece años después el mismo cura vuelve. Porque claro, nada bueno empieza con “che, ¿te acordás del demonio que te acoso?”. La necesitan para otro exorcismo., Pero todo se va al carajo, y de golpe el Anticristo está más cerca que el supermercado chino de la esquina de tu casa.
Hoy vamos a destripar cómo el cine nos revela al supuesto Anticristo: las pistas, las posesiones, el rol que le asigna a Satanás y, por supuesto, las decisiones “brillantes” que se toman en nombre de Dios.
Quedate hasta el final, porque te tengo un bonus apocalíptico: una escena clave que demuestra cómo nos mienten en pantalla… y nosotros, encantados, ni nos damos cuenta. Sin spoilers… pero con bisturí quirúrgico.
Así, con esta premisa de la llegada —o asimilación— de convertirse en el Anticristo, (Ponele) El PELADO Investiga les presenta: “Almas Perdidas”
LA TRAMA DE LA PELÍCULA
A los trece años de edad, Maya fue liberada de una posesión demoníaca. En la actualidad dicta clases una escuela católica, de improviso recibe la visita del exorcista que la ayudo en el pasado, la necesita para observar un caso imposible: un profesor convertido en asesino serial. El ritual falla. El poseso queda en coma y el sacerdote traumatizado, dejando más preguntas que respuestas.
Maya, encuentra en la habitación del poseso, un centenar de hojas con diferentes secuencias numéricas, al comenzar a entender su significado, descubre un patrón que apunta a un nombre y apellido, un hombre común: Peter Kelson, escritor de crímenes reales. Cada cifra, cada letra, recurrente la conduce a la conclusión aterradora: él está destinado a renacer como el Anticristo.
LA NATURALEZA DE LA PELICULA
“Almas Perdidas” en Latinoamérica, ("Poseídos" en España) forma parte de un resurgimiento del género de ocultismo y posesiones que comenzó con los clásicos de los años 60 y 70 “Él Bebe de Rosemary” (1968), “El Exorcista” (1973), “La Profecía” (1976) y se extendió hacia finales de siglo y principios del nuevo milenio con títulos como “Stigmata” (1999), “El fin de los días” (1999), “Hija de la Luz” (2000), la precuela “Exorcista: El comienzo” (2004). Estas películas consolidaron temas como el anticristo y el fin del mundo, muchas veces representados por niños, hombres o jóvenes, insistiendo sobre fórmulas ya trilladas.
INTRODUCCIÓN AL ANÁLISIS
Este análisis no es como los anteriores. No porque ahora se me haya ocurrido reinventar nada, sino porque “Almas Perdidas” pide ser desarmada con paciencia. Se presenta como terror elegante, adulto, heredero de los clásicos, de esos que prometen inquietar más de lo que asustan. Pero solo promete.
Acá no vamos a contar la película para rellenar minutos. Vamos a ir escena por escena, viendo cómo la premisa se construye, se estira, se contradice y finalmente se revela. La idea es clara: no marear, no predicar y no perdonar.
El final lo dejo abierto. No por respeto religioso, sino por simple cortesía cinematográfica: quizás algunos de ustedes todavía no la vieron… y otros quizá prefieran no saber hasta dónde llega cuando deja de sugerir y decide mostrar los dientes.
LA BURLA DEL MAL
La escena dura apenas segundos. Peter cruza la calle distraído. Una mujer lo toma del brazo y lo tira hacia atrás. Un auto pasa. Se salva por centímetros. Peter queda paralizado. La mujer sigue caminando con absoluta normalidad. Luego se detiene, se da vuelta, lo mira, “le saca la lengua” y se va cantando. No explica nada. No advierte. Se burla.
El gesto no es inocente. En tradiciones del ocultismo, sociedades secretas y religiones orientales, sacar la lengua es un símbolo asociado a la muerte, no como amenaza, sino como confirmación: “no te voy a matar”, sino “ya estás marcado”.
Voy a agregarle contenido de valor, a mi comentario y me apoyo en lo que dice el Antiguo Testamento, el libro de Isaías 57-4: “¿De quién se burlan? ¿Contra quién abren la boca y sacan la lengua? ¿No son ustedes hijos de la rebeldía, una raza bastarda?”
La mujer no salva a Peter. Lo señala. Le comunica, sin palabras, que ya fue visto. Cuando el Mal se burla, no juega: anticipa.
CUANDO NO DEBERÍA PASAR
Peter viaja solo en el ascensor. Se detiene en un piso inesperado. Las puertas se abren y aparece su novia. Ambos se sorprenden. Peter pregunta: ¿Qué hacés en este piso? Ella responde con naturalidad: (...) correspondencia del señor Kowalski. Acto seguido, lo besa, cortando cualquier repregunta.
La escena introduce una anomalía: ese piso no es cualquiera y la explicación es demasiado limpia. El beso funciona como interrupción, no como afecto. No aclara: desvía. La película utiliza un gesto íntimo para tapar información clave. El ascensor se convierte en un espacio de advertencia silenciosa. No se trata de que Peter esté a punto de descubrir algo, sino de que alguien ya está trabajando para que nunca lo haga. La escena instala la idea de ocultamiento activo dentro de su entorno más cercano.
CONTACTO
Maya irrumpe en el despacho de Peter con una estrategia clara: se presenta como admiradora, elogia su obra y acomoda el clima desde el ego. No es simpatía, es acceso. Cuando la conversación se vuelve cómoda, lanza la frase que desarma todo: “Creo en Dios y en el Diablo. De hecho, sé que existen”.
El teléfono suena e interrumpe el momento. La llamada corta la tensión, pero no la anula. La frase queda instalada. La joven avanza con preguntas directas: si conoce el caso de Henry, el hombre que asesinó a su familia. Luego precisa el dato clave: la Iglesia autenticó la posesión. No es teoría ni delirio, está validado.
Peter, escéptico y racional, pierde estabilidad. La joven cierra el contacto con un objeto concreto: un cassette con el audio del exorcismo. No insiste ni persuade; propone que investigue el caso para su próximo libro y se retira, segura de que la curiosidad hará el resto. La escena marca el punto de no retorno. Peter no inicia una investigación: es el Mal el que establece el contacto.
LA SRA. LEVOTSKY
La anciana aparece dos veces en la vida de Peter y cumple una función constante: incomodar. Vecina agresiva, invasiva y verbalmente violenta, alguien a quien nadie toma en serio. Al reproducir el cassette del exorcismo, la película introduce una ruptura de percepción. Desde el punto de vista de Peter, no hay sonido: solo ruido blanco, aun con el volumen al máximo. El exorcismo no se manifiesta. Desde el punto de vista de la señora Levotsky, el audio es claro y brutal: gritos, rezos, el ritual completo, como si lo estuviera presenciando.
La mujer reacciona con violencia, golpeando la pared con su bastón para exigir que bajen el volumen. Peter, incapaz de oír nada, interpreta los golpes como otra queja más y responde golpeando la pared. Los golpes de la vecina adquieren un ritmo organizado, casi un código morse, una advertencia no verbal que Peter no decodifica. La escena establece que el Mal no se manifiesta de igual manera para todos y que la única que escucha lo esencial es la figura descartada como molesta: la secuencia instala una idea central: no todos están habilitados para oír… y Peter todavía no lo está.
LA NEGACIÓN
El joven escritor acepta avanzar, pero no creer. Pasa a buscar a la joven y accede a ver a Henry, dejando clara su postura: el cassette estaba en blanco, no había nada grabado. Para él, el misterio se reduce a un error técnico. El viaje funciona como una tregua racional. Peter necesita convencerse de que lo ocurrido fue sugestión y que la realidad sigue bajo control. En el centro psiquiátrico no hay espectáculo sobrenatural: Henry está presente físicamente, pero mentalmente ausente, como si lo que lo habitaba ya se hubiera retirado.
Irrumpe la doctora Allen con un diagnóstico clínico: daño físico, nada demoníaco. La explicación médica anestesia cualquier otra lectura. Maya la interrumpe y no discute creencias, sino hechos: ella estuvo allí, vio y oyó las manifestaciones, la escena expone una negación que no es solo personal, sino institucional. Aceptar lo sobrenatural implicaría romper certezas profesionales y discursos de autoridad. Peter elige lo más cómodo: negar lo imposible, aun cuando ya tuvo señales de que algo golpea desde el otro lado.
LA REVELACIÓN
El guion desplaza el foco hacia John, el diácono que participó del exorcismo de Henry. En su casa, solo y arrodillado frente a un crucifijo, reza pidiendo fuerza y confirmación para lo que planea hacer esa noche. La escena se intercala con Peter preparándose para una gala en su honor: reconocimiento público frente a fe privada. Mientras uno se viste para ser celebrado, el otro busca autorización divina.
Durante la oración, un resplandor intenso ilumina el rostro de John. La luz funciona como respuesta directa: confirmación, aval, luz verde para actuar. La película no cuestiona su origen ni su intención; lo presenta como revelación legítima. La secuencia instala una idea central: el verdadero peligro no es la duda, sino la certeza absoluta de actuar en nombre de Dios.
CREER QUE CON ESTO ALCANZA
La película sugiere un final: gala, esmoquin, luces, aplausos. John se mueve libre, sonriente, como quien cree que ya cumplió su misión. Todo transmite gozo y seguridad. Pero en un instante de distracción, se acerca a Peter y susurra: “Dios me perdonará. El tiempo de la transformación está cerca”.
Luego saca un revólver y apunta a su cabeza. Peter queda paralizado por incredulidad. Antes de que actúe, William, su hermano, interviene: el sicario místico dispara al aire, fuerza física, caos. En el forcejeo final, William rompe el cuello de John. El primer intento fracasa. No por fe ni milagro, sino por fuerza humana y reflejos. La escena deja claro: cuando Dios no responde, alguien termina haciéndose cargo.
PRIMERA SEÑAL
Maya entra a la cafetería buscando refugio, un café negro o un trago, pero se desarma. Susurra que no está lista para esto. La muerte de John la paraliza. Una niña se le acerca, le indica colocar la servilleta sobre el regazo. La madre explica que es obsesiva con las reglas. Maya sigue el gesto. La niña pregunta si ella enseñó eso a su hija. Maya responde que no tiene hijos. La corrección llega: alguien la cuida. Y luego canta, repitiendo: “Jesús está muerto”.
Todo alrededor se descompone. El espacio se vuelve inestable. La niña insinúa que Maya es débil. Cuando vuelve a mirar, ni niña ni madre están, la cafetería funciona como si nada. La escena marca la primera señal: el Mal no se muestra como monstruo, sino como advertencia directa, discreta y perturbadora.
¿ENFRENTANDO LA VERDAD?
Peter irrumpe en la escuela donde Maya enseña y la arrastra afuera para interrogarla. Lo que busca como respuestas se convierte en un vórtice de inseguridades, preguntas sin salida y certezas abrumadoras. La joven, tranquila, le dice lo que nadie quiere oír: así como Cristo se hizo hombre, el demonio lo hará también, y su recipiente será Peter: su cuerpo, su historia, su vida. El dato más inquietante: Henry, el poseso, ya lo advirtió. No con palabras claras, sino en anagramas y números que Maya descifró. La matemática del Mal, evidencia imposible de negar.
SEGUNDA SEÑAL
Peter escéptico y tenso, esperando manipulación. El psíquico empieza a desarmarle la vida: datos, gestos, secretos que nadie debería conocer. Luego toma una hoja de papel y un lápiz y escribe “XES”, que el psíquico traduce a números romanos como 666, la marca del diablo.
Aclaración: XES no es la traducción literal del 666 (DCLXVI), pero la película y su director prefieren el delirio místico antes que la precisión.
No es interpretación, es decodificación de algo que Peter sueña repetidamente. El margen para el escepticismo se acaba. Peter ordena que se vaya. El psíquico, antes de irse, repite: “Dios me perdonará. El tiempo de la transformación está cerca”.
Las mismas palabras de John en la gala. Ya no es coincidencia ni paranoia. Peter queda atrapado en certezas que no comprende, protagonista involuntario de un destino apocalíptico.
TERCER SEÑAL
Peter entra a la iglesia buscando respuestas, consuelo o un milagro. Susurra, suplica, como cualquier humano racional ante lo irracional. Y entonces sucede: la imagen de Jesús crucificado se desprende de la cruz, cae brutal y se balancea frente a él. El joven queda frente a frente con un Cristo invertido, boca abajo, mirada penetrante. La autoridad divina se vuelve amenaza tangible.
No hay palabras ni explicaciones. El Mal no necesita misterio ni susurros: se manifiesta físicamente, golpeando la iconografía más sagrada. Peter recibe un mensaje claro: si Dios no interviene, la señal será aterradora y directa.
LA CONFUSIÓN
Peter se encuentra con la joven en un parque de juegos, buscando respuestas. Maya le revela que su vida fue planeada desde su nacimiento, nada es casual ni improvisado. El bautismo de su tío James existe, pero no es cristiano. Su tipo de sangre y símbolos heredados confirman que su destino ya estaba marcado. La frase de John en la gala: “Dios me perdonará. El tiempo de la transformación está cerca”, resuena como advertencia. Maya propone ir a la casa de su amigo muerto, para seguir buscando pistas. Cada movimiento ya no es elección: es urgencia, supervivencia y confrontación con lo inevitable.
EL ATAQUE
Peter y Maya buscan pistas en la casa de John. La joven encuentra en uno de los libros, subrayado unos párrafos: “…la presencia demoníaca aparecería en el cumpleaños número 33…”. Antes de procesarlo, ruidos extraños la conducen hacia lo inevitable: Henry aparece armado y violento, cuchillo a centímetros de su rostro. Hay un instante de humanidad en el poseso, pero dura segundos. Maya escapa, lo bloquea, pero el poseso se mueve casi levitando. Peter llega y juntos huyen, aunque su captor los acorrala. En un descuido hiere a la joven. Peter usa una silla para defenderse. El poseso no puede atacarle, algo lo detiene. Finalmente, un golpe certero le desmaya. La escena confirma: el Mal actúa, pero también establece reglas, y Peter ya está dentro de ellas.
EL HALLAZGO
Peter, junto a Maya, regresa a su casa en busca de respuestas. Al quedar solo, la ira lo hace destrozar objetos mientras busca alguna conexión final. Entre el caos, encuentra una llave escondida detrás de un retrato de su novia. Los recuerdos lo empujan: el encuentro en el ascensor, el departamento del señor Kowalski. Sin pensarlo, entra y empieza a buscar. En una habitación descubre un pentagrama dibujado en el techo, justo sobre su departamento. No es casualidad: el Mal ya está presente en su espacio más íntimo, marcado, infiltrado, listo para actuar.
LA CONFIRMACIÓN
Peter regresa a su departamento. Maya no está sola: Claire, su novia, está preocupada, pero él no cede; le habla de la llave, el pentagrama y las mentiras, revelando la verdad que lo rodea. La joven evade, niega y culpa a Maya. En un descuido, saca un arma y apunta. Forcejean. El revólver se dispara y Claire muere. La escena deja claro que el Mal no siempre requiere rituales ni demonios visibles: a veces basta la paranoia, la desesperación y los secretos para que la violencia sea inevitable.
LA INFESTACIÓN EN EL EXORCISTA
El escritor y la joven llegan al seminario sin plan, guiados solo por la urgencia. El sacerdote aparece recuperado, sonriente, sano, como si su caída irreversible nunca hubiera ocurrido. Maya respira aliviada, pero el tiempo es corto: el Anticristo está a punto de encarnarse en Peter. El sacerdote rompe la tensión con frialdad: “Nos equivocamos. Todo esto es un mito. Mis oraciones me revelaron la verdad.” La joven duda, casi se convence de que ganaron. Entonces lo desafía: “Si Jesús pudo contra Satanás… este es débil. Él es el cobarde que tiembla. El esclavo llorón de Dios.”
Mientras lo increpa, saca el medallón de María y la cruz de San Benito, que encontró en la casa de John, colocándoselo en la frente del sacerdote. El efecto es inmediato: carne quemándose, gritos de dolor. La verdad se revela: está poseído. El Mal no solo se ocultaba tras la fe; estaba dentro, esperando el momento exacto para mostrarse.
EL EXORCISMO AL EXORCISTA
El Mal no siempre se muestra como monstruo; a veces confunde, hace creer que ya formas parte de él. Peter observa el exorcismo desde fuera: paredes que se deforman, irregularidades que se estiran, un rostro que se retuerce. La realidad se disuelve, el mundo se distorsiona.
Al entrar, la oscuridad se rompe con un flash de luz. Peter presencia el exorcismo en toda su crudeza: gritos, contorsiones, un hombre atrapado entre el Bien y el Mal. Cuando el sacerdote queda libre, exhausto, la escena no termina: un susurro indica la siguiente acción: “Deben ir a ver al padre James” El tío de Peter, última defensa o nueva puerta hacia lo inevitable.
EL FALSO PASTOR
Peter y Maya llegan a la iglesia del tío James. Al principio, todo parece normal: rezos, murmullos, calma aparente. Pero el sacerdote aparece y rompe la ilusión: no es protector, es servidor de Satanás. Traición bajo el habito religioso. Inmediatamente increpa a Maya: pensaba que podía evitar que Peter se convirtiera en el Anticristo. Pensaba. Iluso.
La cámara muestra rostros conocidos: William, su hermano, la madre de la niña de la cafetería, la mujer que salvó a Peter… peones involuntarios de un plan que Peter empieza a comprender. Su tío confirma: todo fue planificación, crianza, preparación disfrazada de protección. En un descuido, saca un arma. Maya se interpone; James la toma como escudo, cuchillo en mano, empujándolo a cumplir la sentencia. El Mal se muestra confiado, elegante, burlón. Peter dispara.
La acción es instantánea y brutal: William agradece a la joven… y Peter, sin titubear, dispara también a su hermano. Traición, supervivencia y horror humano reemplazan cualquier sentido de justicia o redención.
¿EL FIN?
Peter y Maya huyen del templo, del caos y de lo imposible. Se suben al auto, recorren calles hasta detenerse bajo un puente sin salida. Confusión y miedo los envuelven. Peter le entrega el arma a Maya; el reloj marca 4:53. Titubeos. Palabras vacías de consuelo. Peter le indica que lo haga, que ponga fin a todo. Maya responde que no está lista. Se abrazan, humanos, frágiles.
Se separan. Respiraciones profundas. Maya apunta, Peter cierra los ojos, esperando el disparo que debería sellar su destino. El reloj cambia a 4:55. Nada sucede. Alegría, alivio momentáneo. El joven sonríe, le indica que baje el arma. Todo parece terminar.
Pero el Mal nunca sigue reglas claras. Los números digitales se deforman: 666. El caos, la señal de que la batalla no terminó. Peter mira con una sonrisa que anuncia juego, manipulación y certeza del poder del Mal.
¿QUÉ MENSAJE NOS DEJA?
La película plantea que la solución para detener la entrada del Mal es directa y violenta: un revólver cargado y disparar. Esto contrasta con otros clásicos del género. En “La Profecía”, detener al Anticristo requería clavar las siete dagas de Megido en suelo sagrado. Arcaico, ritualístico, discutible… pero al menos mostraba un esfuerzo simbólico, un vínculo con la fe y la tradición que situaba la acción dentro de un marco religioso reconocible.
Esa riqueza simbólica se diluye en “Almas Perdidas”. La premisa parece disfrutar jugando con las Sagradas Escrituras, y si seguimos su juego, surge la pregunta inevitable: ¿dónde queda lo que nos recuerda la carta a los Efesios, capítulo 6, versículos 16 y 17? “Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno. Tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”.
En esta narrativa, la fe no es escudo ni espada espiritual; no hay escudo que detenga ni Palabra que guíe. Para que el Bien triunfe, todo se reduce a armas de fuego y decisión humana, dejando de lado la esperanza, la oración y la fuerza simbólica de la tradición.
La película instala, casi sin que nos demos cuenta, un mensaje perturbador: la violencia se convierte en el mecanismo para enfrentar al Mal. John muere a manos de William, quien le quiebra el cuello sin que la policía investigue; Claire es asesinada por Maya en el departamento de Peter; el tío James y William caen en el templo, y el suicidio de la señora Levotsky queda sin explicación ni seguimiento. Ninguna muerte recibe consecuencias.
Todas estas acciones quedan impunes, legitimadas por la premisa religiosa que las justifica. Así, sin proponérselo, el film da más poder al Mal que al Bien: la fe se transforma en arma, la justicia en disparos, y la salvación en un acto de violencia final y decisivo.
Soy un firme defensor de que el cine no tiene ni debe tener que ser políticamente correcto, pero cuando analizo este tipo de premisas lo hago con criterio narrativo, desde mi lugar de escritor y guionista. Si vas a presentar un guion cargado de citas bíblicas, referencias religiosas y simbolismos varios, al menos hay que ponerle ganas: organizarlo, darle sentido, construir tensión. Porque dejarlo al azar o reducirlo todo a la idea de que el Mal se detiene con un disparo no solo es pobre narrativamente… es traicionar el peso de lo que esas referencias deberían transmitir.
El terror no proviene del Mal sobrenatural. Nace del desfase moral que impone la narrativa: la fe usada como excusa para matar, la violencia presentada como acto de protección. Y al final, la pregunta atraviesa la pantalla y nos queda clavada: ¿a quién protege realmente Dios en esta historia?
Mi calificación para “Almas Perdidas” es un 2 PELADO Investiga.
ESCENA CLAVE
Al comienzo de la película, sin caricias previas ni consentimiento informado, la pantalla se funde a negro y te clavan una placa bíblica. Texto sagrado, tipografía solemne, silencio respetuoso. Todo muy “esto es importante, callate y creé”.
“UN HOMBRE NACIDO DEL INCESTO SE CONVERTIRÁ EN SATANÁS Y EL MUNDO TAL COMO LO CONOCEMOS DEJARÁ DE EXISTIR” (Deuteronomio 17)
Listo. Esto lo leemos a los 02.30 apenas comienza. No pasó nada… y ya te apretaron el estómago. Algo no cierra. Las tripas se encogen. El cerebro prende una lucecita roja. Y vos, que todavía sos una buena persona, pensás: “Me siento mal, tengo una extraña sensación en el…”. ¡PERO NO!
Agarrás la Biblia. Antiguo Testamento. Deuteronomio. Capítulo 17. Leés. Nada. Releés. Nada. Vas para atrás, para adelante, cambiás de traducción, (yo tengo varias) dudás de tu fe, de tu alfabetización… y nada. Ese texto no existe. Nunca existió. Ni ahí, ni en ningún lado.
Y ahí está el primer mensaje real de la película: “todo lo que viene después se apoya en una mentira con cita bíblica”
Hollywood haciendo lo que mejor sabe hacer: inventar boludeces con cara de verdad. Porque si lo decís con voz grave y fondo negro, automáticamente parece importante. Y si además citas “la Biblia”, listo: blindaje místico activado.
Las profecías sobre el Anticristo no están en el Antiguo Testamento. Mucho menos en Deuteronomio. Ahí no hay visiones apocalípticas ni anuncios del fin del mundo. Hay leyes. Normas. Mandamientos. Básicamente: qué comer, qué no hacer y a quién no acostarte… irónicamente.
Si quisieras hablar del Anticristo, del fin de los tiempos, de la Bestia y el 666, tendrías que ir al Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento. Y ni siquiera ahí aparece algo remotamente parecido a “un hombre nacido del incesto que se convierte en Satanás”. Eso no está. No figura. No existe. Ni en letra chica.
O sea:
– No está en Deuteronomio.
– No está en el Apocalipsis.
– No está en la Biblia.
– Pero está en la película.
¿Por qué? Porque nadie espera que el espectador promedio diga: “Pará, dejame chequear esto”. Hollywood apuesta a la pereza intelectual como si fuera una ley física. Y casi siempre gana.
Total, si alguien se da cuenta, siempre queda el comodín: “EH… ES FICCIÓN.” Claro. Ficción… con versículo inventado y cara de verdad revelada. Y así, desde el primer minuto, la película te dice exactamente cómo va a jugar: no te va a mentir de frente… te va a mentir con autoridad.
Te dejo acá estos análisis que realicé y que se relacionan con la narrativa de esta película…
El PELADO Investiga