STIGMATA


Una joven peluquera empieza a sangrar. No por un mal corte, o por estrés laboral. Por estigmas. Manos, pies, coronas de espinas. El combo completo, la Iglesia mira… y decide mandar a un jesuita. Porque cuando aparece un posible milagro que incomoda, el protocolo es siempre el mismo.
La misión: comprobar si esto viene del cielo… o si alguien está metiendo la nariz en textos que llevan siglos guardados bajo llave.
Y ahí entra en escena lo realmente peligroso: un evangelio perdido, verdades que no combinan con el discurso oficial y una conspiración que huele a herejía vieja, pero bien conservada.
Entre visiones, persecuciones y una relación que (ponele…) se desarrolla, arranca este cóctel religioso, sobrenatural y conspiranoico. El PELADO Investiga les presenta: “Stigmata”


LA NATURALEZA DE LA PELÍCULA
Cuando “Stigmata” llegó a los cines, la comparación con “El Exorcista” (1973) fue casi automática. Si bien existen similitudes evidentes —ambas giran en torno a un sacerdote intentando liberar a una joven de fuerzas demoníacas—, bueno, en primera instancia eso es lo que parece, pero en el fondo son películas bastante distintas. La coincidencia más fuerte está en su raíz: las dos beben de una sólida tradición católica. Muchos films de terror han reciclado símbolos religiosos hasta el cansancio, pero pocos se animaron a entrar en el dogma y discutirlo con intención narrativa.

La película está escrita con un conocimiento académico notable de la teología católica. Se incluyen debates sobre la forma correcta de crucificar a Cristo, el personaje del sacerdote ofrece un argumento breve pero efectivo a favor de la fe por encima de la ciencia, y se menciona a Francisco de Asís, el santo que en vida experimentó los estigmas de Nuestro Señor sin necesidad de efectos especiales. A esto se suma la polémica de los Rollos del Mar Muerto, que ocupa un lugar central dentro de la trama y eleva la ambición temática del relato.

“Stigmata” propone que el mensaje original de Cristo era profundamente personal y condenaba cualquier tipo de estructura o restricción eclesiástica —“Jesús dijo, que el Reino de Dios está en nosotros. Y no en edificios de madera y piedra…” —, y acusa directamente a la Iglesia de haber encubierto la verdad contenida en los rollos. El problema es que la gran “revelación” resulta bastante insulsa. No solo porque la Biblia ya expresa esa idea casi con las mismas palabras, sino porque el caso de los rollos atribuidos a Santo Tomás no es tan simple como lo sugiere el film. La resistencia de la Iglesia a aceptarlos tiene más que ver con dudas sobre su autenticidad que con una conspiración digna de thriller esotérico.

Aun así, “Stigmata” llegó en el momento cultural perfecto para sembrar polémica y confusión en partes iguales. Estrenada apenas semanas después de que “El Sexto Sentido” redefiniera el terror sobrenatural para el gran público, la película se atrevió a tocar temas religiosos que Hollywood solía esquivar con agua bendita y silencio incómodo. Puede que no revele verdades ocultas, pero sí tuvo el descaro suficiente para hacer preguntas que otros preferían no formular.

El film apareció además durante un breve renacimiento del terror de temática religiosa, junto a títulos como “El fin de los días” y “La novena puerta”, reflejando las inquietudes culturales de finales de los años 90 ante la llegada del nuevo milenio y el replanteo de las creencias espirituales.

La representación de la política vaticana puede rozar lo melodramático, pero no carece de anclaje en la realidad. Refleja tensiones genuinas entre corrientes progresistas y conservadoras dentro del catolicismo de finales del siglo XX. La película dibuja una jerarquía eclesiástica más preocupada por preservar interpretaciones tradicionales de la fe que por enfrentarse a evidencias nuevas, incómodas y potencialmente desestabilizadoras sobre los orígenes del cristianismo.

Aunque parte de la crítica acusó a “Stigmata” de adoptar una postura anticatólica, el film parece menos interesado en atacar la creencia religiosa que en exponer los mecanismos de corrupción y control propios de cualquier institución que confunde fe con poder.

La controversia en torno a su estreno confirma, en última instancia, la eficacia de la propuesta. Organizaciones católicas criticaron duramente la representación de los funcionarios del Vaticano como conspiradores corruptos, mientras que algunos aficionados al terror la acusaron de pretenciosa y excesivamente pausada frente a opciones más convencionales del género.

Esta división crítica funciona como prueba de su mayor logro: “Stigmata” utilizó las herramientas del cine de terror no solo para provocar miedo, sino para incomodar, cuestionar y desafiar las certezas del público. Y en un género acostumbrado a repetir fórmulas, eso ya es casi un milagro.

LA TRAMA DE LA PELÍCULA
La película se abre en el pueblo brasileño de Belo Quinto, donde un presbítero examina una imagen de la Virgen María que aparentemente llora sangre. Su método es el de un patólogo más que el de un hombre de fe: recolecta muestras, cataloga fluidos y los envía al laboratorio. Este episodio inicial deja claro que “Stigmata” no busca ser un relato religioso clásico sobre el bien y el mal, sino una exploración más incómoda y ambigua, donde la fe no se acepta ni se rechaza sin pagar un precio.

“Stigmata” construye un trayecto espiritual incómodo, abrupto y decididamente poco amable, guiado por dos personajes que no tendrían motivos para cruzarse… salvo porque el destino, cuando se pone bíblico, no pide permiso.

Frankie Paige representa la normalidad moderna en su versión más terrenal: atea convencida, empleada responsable de horario fijo y visitante frecuente de la noche urbana. Su vida transcurre entre el trabajo, la fiesta y un presente funcional que no exige demasiadas preguntas metafísicas. Es carismática, vital y emocionalmente estable, hasta que una charla trivial sobre un posible embarazo provoca una respuesta exagerada del cosmos.

A partir de ahí, una fuerza invisible comienza a grabar en su cuerpo los tormentos de la crucifixión de Cristo con una violencia tan gráfica como inoportuna. El sufrimiento no se limita a lo físico: su percepción de sí misma empieza a resquebrajarse, como si la fe —esa misma que ella niega— hubiera decidido manifestarse de la peor manera posible.

En simultáneo aparece el padre Andrew, un sacerdote que parece diseñado para incomodar a ambos bandos: jesuita, científico y empleado del Vaticano cuya especialidad es desmentir milagros. Su tarea no es creer, sino verificar, diseccionar y descartar cualquier manifestación sobrenatural que no sobreviva al análisis racional. El religioso no niega lo divino por principio, pero tampoco lo acepta sin pruebas contundentes.

CONFLICTOS INTERNOS DE LOS PROTAGONISTAS
El padre Andrew (Gabriel Byrne) pasa gran parte de su vida viajando por el mundo con una misión que suena noble y ordenada: investigar y desmentir manifestaciones místicas para la Congregación de las Causas de los Santos, en el Vaticano.

Un trabajo casi administrativo… si no fuera porque, con el correr de la película, queda claro que esas investigaciones no son para la Iglesia. Son para él. Cada milagro desacreditado no fortalece su fe: la erosiona. Andrew no está intentando confirmar lo divino, está buscando desesperadamente una excusa para volver a creer. Y lo que le sucede a la joven podría ser, con cruel ironía, el milagro que necesita para rescatar su propia espiritualidad.

El problema es que la muchacha no es un archivo ni un experimento con estampita incluida. Es una persona real atravesando algo profundamente aterrador. Solo cuando el sacerdote deja de analizarla como fenómeno sobrenatural y empieza a verla como un ser humano —en una relación que trasciende lo romántico y roza lo existencial— comienza a recuperar la fe… y, de paso, a salvarse de sí mismo.

Por su parte, la actriz, asume uno de los papeles físicamente más exigentes del cine de terror. No solo interpreta a una joven común, urbana y despreocupada, sino que también se convierte en el canal del espíritu del padre Paulo Almeida, que confundido se expresa a través de su cuerpo sin pedir permiso. La joven logra una distinción precisa entre la Frankie cotidiana y la fuerza que la posee, mostrando cómo la experiencia va desarmando, pieza por pieza, la percepción que el personaje tiene de su identidad y del mundo que la rodea.

Algunas de las secuencias más perturbadoras la muestran escribiendo compulsivamente en arameo antiguo mientras está poseída, cubriendo las paredes de su apartamento con textos que no entiende, pero que de algún modo sabe que contienen una verdad espiritual profunda. Estas escenas combinan terror y asombro con notable eficacia, logrando que lo sobrenatural no solo resulte inquietante, sino psicológicamente creíble.

Ese conflicto deja de ser abstracto en una de las escenas más impactantes de la película. Ambos están sentados, casi con falsa tranquilidad, junto a un puesto de flores, compartiendo una cerveza como si el mundo no estuviera a punto de desmoronarse. De pronto, sin aviso ni cortesía divina, la muchacha es sacudida por una manifestación brutal: los estigmas irrumpen en sus pies con violencia explícita, siente el golpe seco del martillo hundiendo los clavos, los latigazos desgarrándole la espalda y el peso punzante de la corona de espinas.

El contraste entre lo cotidiano —flores, cerveza, charla— y la crudeza del momento convierte la escena en un episodio místico de una intensidad gráfica demoledora. No hay solemnidad ni consuelo espiritual: solo dolor físico, desconcierto y la certeza de que lo sagrado, cuando irrumpe, puede ser tan cruel como implacable. Es aquí donde el sacerdote entiende, finalmente, que no está frente a un misterio… sino frente a un cuerpo que sufre.

En ese punto emerge con claridad la figura del cardenal Houseman, quien encarna la crítica más filosa del film: la del poder institucional que se protege a sí mismo, incluso cuando la verdad espiritual queda atrapada bajo la alfombra. El icónico actor, compone a un funcionario eclesiástico tan elegante como inquietante, más preocupado por preservar la autoridad del Vaticano que por comprender los fenómenos sobrenaturales que ocurren bajo su jurisdicción.

Cuando la película revela que la posesión de la chica proviene del espíritu de un sacerdote excomulgado que intenta transmitir enseñanzas religiosas deliberadamente reprimidas, “Stigmata” deja de ser un mero ejercicio de terror para convertirse en una reflexión incómoda sobre cómo las instituciones administran —y dosifican— la verdad para sostener el poder.

Porque a veces, el verdadero demonio viste con sotana.

EL HORROR RELIGIOSO COMO METÁFORA
En “Stigmata”, una de las frases que más ha generado debate es:

“Cuanto más se acercan a Dios, más receptivos están a las tentaciones, a las visiones malignas, al tormento de sus demonios.”

A primera vista, suena a un consejo fatalista: mientras más tratas de ser espiritual, más expuesto estás al caos y al sufrimiento. Pero si miramos la Sagrada Escritura, en el Nuevo Testamento, la carta de Santiago nos dice: —“Sométanse a Dios; resistan al diablo, y él huirá de ustedes”— (Santiago 4-7)

La idea es algo diferente: acercarse a Dios no te hace vulnerable, sino que te da herramientas para resistir. La confusión surge porque la película transforma la verdad bíblica en un recurso dramático: la fe intensa tiene un precio, y ese precio se manifiesta en sufrimiento, locura o violencia sobrenatural.

En otras palabras, “Stigmata” no está dictando doctrina; está construyendo tensión narrativa. La joven protagonista, es un ejemplo perfecto: atea hasta el momento en que el “milagro” la golpea literalmente en las muñecas, los pies, la espalda y la cabeza. Cuanto más intenta comprender o aceptar la presencia divina, más intensa es la manifestación de los estigmas.

El acercamiento a Dios no la protege, la expone. Aquí el horror religioso funciona como metáfora: la espiritualidad extrema no es cómoda ni segura; enfrenta a los personajes con la violencia del mundo espiritual que normalmente ignoramos.

Esto explica la confusión que muchos tienen al ver la película. La frase suena casi contradictoria respecto al mensaje bíblico, pero en realidad la película está usando un truco narrativo muy viejo del horror religioso: exagerar los peligros de la fe para que el público sienta miedo y fascinación al mismo tiempo.

CLÍMAX DE LA PELÍCULA
La tentación, por supuesto, no podía faltar en una película sobre estigmas, clavos y milagros sangrantes. La joven instalada en su departamento, observa con entusiasmo casi optimista cómo las heridas en sus muñecas y las marcas de la corona de espinas en la frente empiezan a cicatrizar. Todo muy místico, todo muy santo… hasta que decide ponerle picante al asunto. Con una naturalidad alarmante, le insinúa al sacerdote que quiere que revise algo más que sus estigmas. Sí: entre sangre, fe y martillos invisibles, la chica propone una revisión que definitivamente no figura en ningún manual teológico.

El sacerdote queda congelado en un instante de tensión sexual tan incómodo como absurdo. Su expresión parece preguntar si esto es una prueba de fe, una tentación diabólica o simplemente el momento en que la película decide romperle la cabeza al espectador. Y ahí estamos nosotros, dudando entre reírnos, taparnos los ojos o revisar si alguna vez la catequesis advirtió sobre este tipo de milagros. “Stigmata” mezcla horror, fe y deseo reprimido con la delicadeza de un clavo atravesando el empeine. Moraleja: incluso los milagros más sagrados tienen un costado peligrosamente humano… y la tentación nunca avisa.

A partir de ahí, la película entra en su fase de cine de acción sacrílego. La muchacha cambia la voz, pierde el control y empieza a revolear al sacerdote por todo el departamento como si fuera un muñeco de trapo con sotana. Muebles rotos, paredes golpeadas y una clara lección práctica: las reglas de la Iglesia no aplican cuando una entidad espiritual decide redecorar tu living. La violencia es exagerada, caótica y casi grotesca, pero funciona como descarga final antes del verdadero horror.

El punto de no retorno llega cuando la muchacha se autolesiona con un cuchillo de cocina, cortándose el brazo y atravesándose la muñeca. Entramos de lleno en territorio de posesión explícita. Cae sobre la cama y, en cuestión de segundos, es lanzada por los aires, quedando suspendida como una marioneta divina. Se vuelve hacia el sacerdote con los brazos abiertos, clara alusión a la crucifixión, mientras las lágrimas de sangre corren por su rostro.

DESENLACE Y VERDAD INCÓMODA
El cardenal, convencido de que la mejor solución siempre es la más brutal, decide exorcizar a la joven. Pero la escena da un giro inquietante cuando la muchacha revela quién es realmente, y al quedarse a solas con ella, la toma del cuello y comienza a ahorcarla, dejando al descubierto el verdadero demonio de la película: el abuso de poder.

La llegada del padre Andrew desata un forcejeo que expone la verdad completa: el cardenal excomulgó a los tres sacerdotes que tradujeron el evangelio perdido, escrito por Jesús durante la Última Cena. No era herejía lo que temía… era perder el control del relato.

La secuencia final de fe es tan literal como incendiaria. La habitación arde en llamas, la joven permanece sentada en la cama, aún poseída por el espíritu del padre Almeida. Tras un último enfrentamiento, el espíritu libera a la muchacha. Andrew la carga en brazos y atraviesa el fuego sin quemarse, porque cuando el cine religioso se pone simbólico, lo hace sin sutilezas.

Luego llega el contraste: ambos se besan en un jardín, una paloma desciende y se posa en la mano de la joven, mientras al fondo —fuera de foco— aparece la estatua de san Francisco de Asís, cerrando la analogía con los estigmas y el sacrificio. Todo es paz, luz y redención… al menos por ahora.

La escena final nos lleva de regreso a Brasil. En la iglesia del padre Almeida, a los pies de la Virgen que lloraba sangre, Andrew descubre una placa oculta. Al retirarla, encuentra uno de los Rollos del Mar Muerto. Al abrirlo, escuchamos la voz en off de la joven: “Jesús dijo: el Reino de Dios está en ti… no en mansiones de madera y piedra.”

Fundido a negro. Y ahí, recién ahí, “Stigmata” termina de clavar su última espina.

“En 1945 se descubrió un manuscrito en nag hamadi descrito como "las palabras secretas de Jesucristo vivo" este manuscrito, el evangelio de santo tomas, está considerado por especialistas de todo el mundo como el testimonio más fiel que existe de las palabras del Jesucristo histórico el Vaticano se niega a reconocer este evangelio y lo ha calificado de herejía”.

¿QUE MENSAJE NOS DEJA?
Pero si dejamos de lado los martillazos y las visiones infernales, “Stigmata” tiene un mensaje inesperadamente optimista: la esperanza importa. No importa si sos ateo, agnóstico o un seminarista, todos podemos aprender que la lucha personal, la fe dudosa y los golpes del destino son parte de la experiencia humana. Y si el universo decide clavarte un clavo en el pie mientras te recuerda que estás tocando lo divino… bueno, al menos mantené la esperanza y seguí caminando. Porque a veces la fe duele, pero también te salva… o al menos te hace más interesante.

EPILOGO
“Stigmata” no solo hizo que el público se retorciera en la butaca, sino que también dejó un pequeño legado académico… o al menos cinematográfico. Su mezcla de horror visceral con cuestionamientos sobre la fe, la duda y la autoridad eclesiástica abrió la puerta para títulos posteriores como “El exorcismo de Emily Rose” y la saga “El Conjuro”. Estas películas retomaron la fórmula: entornos modernos y reconocibles, sucesos sobrenaturales serios… y la certeza de que la Iglesia siempre tiene un plan… aunque nadie se lo pregunte.

Por todo esto, y sin miedo a arriesgar la fe de nadie, mi calificación para “Stigmata”, es un 8 PELADO Investiga.

Si algo nos enseña “Stigmata”, es esto: los rosarios robados de cadáveres de sacerdotes muertos no son un regalo ideal para tu hija. Especialmente si el tipo misteriosamente vivió en un pueblo perdido de Brasil. Evítalo… a toda costa.

El PELADO Investiga

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