
Estás en medio de la Antártida, rodeado de nieve, hielo… y tus colegas, todos hombres, confiando en que el mayor peligro es el frío. Pero sorpresa: hay algo mucho peor que congelarse. Algo que no solo puede copiar tu cara… sino tu personalidad, tus secretos, hasta tu capacidad de tomar decisiones sensatas. Sí, esa película que en 1982 los críticos llamaron un festival de sangre sin sentido… es la misma que, seguimos diseccionando obsesivamente. De la mano del maestro John Carpenter llega al canal esta icónica historia, donde la confianza es un lujo, la paranoia es deporte olímpico, y la supervivencia… bueno, la supervivencia es solo un detalle desagradable que probablemente te replique antes de que lo descubras.
Así… con esta premisa —un alienígena que intenta replicar al ser humano y siempre le sale… digamos, mal—, El PELADO Investiga les presenta: "La Cosa"
MARCO HISTÓRICO Y CONCEPTUAL
La película se abre en el espacio exterior: un vacío negro sembrado de estrellas infinitas, justo más allá de la atmósfera terrestre. Desde esa oscuridad emerge un platillo volador que avanza a toda velocidad hacia la Tierra. Este inicio no es solo visualmente impactante, sino profundamente simbólico.
En los años 50, los Objetos Voladores No Identificados fueron mucho más que un fenómeno cultural: funcionaban como una proyección colectiva de los miedos que sacudían a Occidente durante la Guerra Fría. Representaban la sensación de una amenaza invisible, una fuerza escondida entre la gente común. En ese contexto, la paranoia del macartismo —la creencia de que enemigos ideológicos se ocultaban a plena vista— encuentra un eco perfecto en esta historia, donde la amenaza no llega desde afuera de forma abierta, sino que se camufla entre los seres humanos, esperando el momento de corromperlo todo desde dentro.
Tras este prólogo cósmico, la película desciende a su verdadero escenario: un helicóptero que atraviesa los vastos y desolados paisajes helados de la Antártida. Debajo de ese manto blanco se oculta el puesto de investigación donde habitan los protagonistas. El contraste es inmediato: de la inmensidad del universo al aislamiento extremo de la Tierra.
El propio puesto avanzado funciona como símbolo de la capacidad humana para imponerse a la naturaleza. Para existir en ese entorno hostil se requiere tecnología, ingenio y una fe casi ciega en el progreso. Es la materialización de una idea muy arraigada en la cultura occidental: la obsesión por conquistar territorios imposibles, por empujar siempre un poco más allá los límites de lo habitable.
Pero este aislamiento, reforzado por los planos abiertos de nieve infinita y horizontes vacíos, no solo inspira asombro, sino que deja en claro una verdad incómoda: ese refugio es frágil. No hay vecinos. No hay ayuda. No hay rutas de escape. Si algo sale mal, nadie vendrá a salvarlos.
En La Cosa, ese territorio remoto funciona como una zona de cambio, un lugar donde las reglas normales de la sociedad dejan de aplicarse y donde lo desconocido empieza a dominar. El viejo mito de la frontera se invierte por completo: ya no es el ser humano quien avanza sobre lo salvaje, sino que es la criatura la que cumple el rol del invasor, ocupando un espacio que los hombres habían dado por seguro. Esta vez, los humanos no son los conquistadores… son los que están siendo desplazados.
Esta idea de zonas de transición también se refleja en la propia criatura. No es completamente una cosa ni otra: está en constante transformación, moviéndose entre formas, identidades y estados. No pertenece a un único lugar ni a una sola apariencia. Vive en ese territorio incierto donde nada es estable, y donde todo puede ser imitado, deformado o reemplazado.
LA NATURALEZA DE LA PELÍCULA
La Cosa es un remake de la icónica película El enigma de otro mundo (1951), dirigida por Christian Nyby, en la que la criatura era vegetal y humanoide, con la capacidad de reproducirse a velocidades sorprendentes. Esa versión ya se alejaba del cuento original ¿Quién está ahí? (1938), de John W. Campbell Jr., que sirvió de base tanto para el film de la era dorada de la ciencia ficción de los 50 como para el remake de Carpenter.
A pesar de su actual estatus de culto, La Cosa no fue bien recibida en su estreno. Su lanzamiento coincidió con la explosión de E.T., el extraterrestre (1982) de Spielberg, una historia cálida y optimista sobre la relación entre humanos y alienígenas que rápidamente se convirtió en un fenómeno de taquilla. En comparación, La Cosa fue eclipsada, y el público y muchos críticos la criticaron por su violencia explícita y efectos especiales sangrientos, subestimando la tensión psicológica y la paranoia que la película desarrollaba.
El núcleo de la historia son los hombres que habitan el remoto puesto antártico: poco más de una docena, sin presencia femenina, un reflejo de la época y de la lógica narrativa de aislamiento extremo. Vista con ojos actuales y con los ideales igualitarios ya asentados, la ausencia de mujeres en la trama resulta evidente, y el remake más reciente, La Cosa (2011), la subsanó incluyendo personajes femeninos. Incluso la versión original de El enigma de otro mundo (1951) presenta a el personaje de Nikki Nicholson, interpretada por Margaret Sheridan, la secretaria del Dr. Carrington, mostrando que la inclusión era posible, pero no priorizada.
La película no enfatiza esta ausencia de género, pero observada desde una mirada crítica, puede interpretarse como significativa. La Cosa, con su naturaleza mutable, su apetito por los hombres y su presencia física invasiva, puede leerse como una metáfora de temores patriarcales antiguos sobre la amenaza de “ser devorado” por lo femenino. Más que un reflejo de homofobia, este horror podría simbolizar un deseo incontrolable en abstracto, un terror que se presta también a lecturas feministas.
El miedo que propone La Cosa es polisémico: trasciende lo contingente y toca miedos humanos más profundos, aquellos que surgen de la paranoia, la desconfianza y la fragilidad de la identidad, antes que de constructos sociales específicos. La criatura es un catalizador que explora el terror universal de lo desconocido, lo mutable y lo incontrolable.
CONFLICTOS INTERNOS DE LOS PROTAGONISTAS
En las primeras escenas dentro de la base, casi todos realizan actividades solitarias: leen revistas, escuchan música con auriculares o se refugian en el ocio individual. Incluso MacReady, el supuesto héroe, pasa el tiempo jugando ajedrez contra una computadora, completamente apartado del resto del grupo. Las interacciones humanas son mínimas y mecánicas; el ejemplo más claro es el partido de ping-pong entre dos científicos, increíblemente silencioso, como si incluso el juego fuese incapaz de romper la distancia entre ellos.
A este aislamiento previo se suma una amenaza aún más profunda: la presencia de una entidad alienígena que convierte a la humanidad misma en algo sospechoso. No se trata solo de un enemigo externo, sino de una forma de vida que imita, copia y suplanta la identidad humana. Su estructura biológica es desconocida, y su capacidad de robar rostros, voces y comportamientos destruye la idea de que el “otro” sea fácilmente reconocible.
La desconfianza se vuelve inevitable. Nadie puede estar seguro de que la persona a su lado siga siendo realmente humana. Cada miembro de la base se convierte en una isla dominada por la paranoia. Incluso existe una barrera con los científicos noruegos, quienes podrían haber ofrecido respuestas, pero están separados por el idioma y, finalmente, por el destino que los alcanza antes de poder comunicarse. Paralelamente, la propia criatura también vive su propio aislamiento: está sola, lejos de su mundo de origen, separada de toda forma de vida similar.
Este clima no se construye solo desde el guion. John Carpenter utiliza la cámara para transformar al Puesto 31 en un personaje más: una estructura fría, deshabitada, casi fantasmal. Los planos lentos recorren pasillos interminables y habitaciones vacías que refuerzan la sensación de soledad. A medida que avanza la película, estos espacios dejan de ser solo escenarios y se convierten en reflejos del estado mental de los protagonistas. El lugar está vacío… igual que ellos.
LA MENTE ESCLAVIZADA
Al observar los viajes internos y externos de los personajes —sus miedos más primitivos, sus decisiones erráticas, sus quiebres mentales y su progresiva desintegración psicológica—, la película se transforma en una radiografía de la mente esclavizada por el terror. No se trata solo de identidad, sino de cómo el miedo puede ocupar cada rincón de la conciencia hasta deformarla. La Cosa deja de ser una simple historia de supervivencia y se convierte en un descenso hacia la pérdida de control, donde la individualidad se erosiona y el yo se vuelve inestable, frágil, fácilmente contaminable.
La criatura no solo invade los cuerpos: corrompe la percepción. Solo puede ser vista cuando se deforma, cuando su máscara se rompe en estallidos de carne y horror. Hasta entonces, camina entre ellos como una sombra con rostro humano. El espectador acompaña esta lenta condena mientras el ente avanza, paciente, invisible, empujando a los hombres hacia un aislamiento absoluto donde incluso la propia identidad se vuelve sospechosa.
El campamento funciona como un microcosmos de masculinidad tóxica. Los hombres se rechazan y marginan constantemente, ensalzando al individuo y compitiendo por el control y la autoridad. El biólogo, enloquece, destruyendo todos los medios de comunicación y transporte, confiando solo en su propia mente y cuerpo para sobrevivir el invierno. MacReady, aunque también tóxico, combina sensatez y capacidad para tomar el control y guiar al grupo. Carpenter no lo hace explícito, pero el retrato implícito de la cultura masculina es tan sólido que cualquier espectador atento puede percibirlo.
Esta versión marca el canon de esta historia. Su guion incluye referencias de corte psicológico, explorando el desconocimiento del Otro y del propio Yo. El monstruo nos aterroriza porque no podemos definirlo; su forma nunca es la misma. A diferencia de la icónica Alien, el octavo pasajero (1979), La Cosa no tiene un aspecto fijo: su verdadero terror es su capacidad de imitación.
SOBRE EL PERSONAJE PROTAGÓNICO
La historia de La Cosa puede leerse a través del prisma del Viaje del Héroe, concepto desarrollado por Joseph Campbell en “El héroe de las mil caras”. Según su autor, el héroe debe emprender un viaje de transformación personal, enfrentándose a peligros y desafíos que lo cambian psicológicamente. En ese camino, se encuentra con figuras arquetípicas que debe integrar para alcanzar su propio desarrollo y conocimiento de sí mismo.
En esta historia, el candidato más evidente a héroe es el piloto MacReady, a quien seguimos en su confrontación constante con La Cosa. Se convierte en líder del grupo, pero no por popularidad o consenso: su autoridad surge de ser el primero en tomar el lanzallamas, un símbolo de control y supervivencia en el puesto de avanzada.
La falta de desarrollo profundo de los personajes secundarios dificulta ver su crecimiento a través de las relaciones con ellos. Su evolución se construye principalmente a través de su lucha con La Cosa, que funciona como una sombra embaucadora, representando lo desconocido y lo peligroso. Enfrentarse a esta sombra es el núcleo de su transformación.
Paradójicamente, también se puede leer el viaje de La Cosa como un “héroe” invertido. La criatura es tanto individual como colectiva: cada célula puede sobrevivir por sí sola, pero forma parte de una red más amplia que amenaza con eliminar la individualidad humana. Su capacidad de asimilar y transformarse refleja, de manera distorsionada, el proceso de desarrollo personal: incorpora “imágenes” de lo humano para sobrevivir, visualizando de manera extrema el estado de transición entre identidades.
Así, tanto MacReady como La Cosa nos muestran dos caras de un mismo conflicto: la lucha por la supervivencia, la identidad y la integridad en un mundo donde lo humano y lo extraño se mezclan constantemente.
LA CRIATURA
La primera aparición de La Cosa ocurre en las perreras: finge ser un perro, que de repente estalla en una criatura monstruosa con tentáculos que devora y asimila a los demás caninos. Elegir un perro no es casual: culturalmente, son símbolos de lealtad y compañerismo. La Cosa aprovecha esta confianza para infiltrarse en la base, y al destruir a los perros reales, priva a los humanos de aliados confiables. Así, la criatura utiliza los símbolos culturales para su beneficio, solo para luego destruirlos.
Desde esa escena, todas las transformaciones son visualmente impactantes: grotescas, llenas de vísceras, dinámicas y violentas. Estas mutaciones muestran un estado de transición extremo, donde lo interno y lo externo se mezclan, colisionan y se fusionan. En pantalla, la criatura se transforma constantemente, alterando todo a su alrededor y dejando claro que nada permanece estable.
Su objetivo principal es sobrevivir, no matar por placer. Es un ser que perpetúa sus genes mediante la imitación de otras especies, utilizando un recurso avanzado: la reproducción asexual. Su penetración del cuerpo de la víctima es simbólica: no se trata solo de violencia física, sino de asimilación genética y control.
DEL ORIGINAL AL TERROR
Mientras que la novela se centra en un grupo de hombres de acción que intenta deducir racionalmente quién es el extraterrestre y cómo detectarlo, Carpenter decide explorar el miedo y la paranoia que genera la criatura. Su versión enfatiza la absoluta extrañeza de La Cosa, mostrando un terror que no solo es físico, sino psicológico.
De hecho, esta es una de las pocas películas modernas que logra recrear la inquietante sensación de paranoia sobre lo humano y lo no humano que hacía tan memorable al clásico La invasión de los ladrones de cuerpos (1956). Aquí, la amenaza no es solo externa: es la duda sobre quién es humano y quién no, lo que mantiene al espectador en tensión constante.
LA TRILOGÍA DEL APOCALIPSIS
John Carpenter concebía La Cosa (1982) como el inicio de una trilogía apocalíptica, una serie de historias sobre el miedo, lo desconocido y la amenaza que puede desestabilizar al mundo. Cinco años después, llegó la subestimada Príncipe de las Tinieblas (1987), donde la física cuántica se cruza con el mito gnóstico en una narrativa inquietante: una esencia del mal, embotellada y olvidada durante siglos, amenaza con desatar el caos. Los protagonistas —dos hombres, uno de fe y otro de ciencia— intentan comprender esta fuerza y evitar la catástrofe global que las pesadillas recurrentes les anuncian.
Carpenter cierra su visión con En la boca de la locura (1994), una película hilarante y extraña sobre un escritor de terror cuyas novelas podrían ser la llave para resucitar entidades primordiales y malévolas. Aquí, la influencia de Lovecraft emerge de manera más evidente, convirtiéndose en un final adecuado para esta trilogía que explora lo desconocido, la paranoia y la destrucción inminente. La película presenta claras resonancias con En las Montañas de la Locura (1936) de Lovecraft, escrita apenas dos años antes de que surgiera la historia que inspiraría la base de estas tres películas.
Si bien las entregas posteriores son entretenidas y estimulantes, La Cosa destaca por su calidad excepcional y su intensidad concentrada. A diferencia de sus sucesoras, aborda un espectro más estrecho de preocupaciones y se centra en un solo monstruo, cuyas características se revelan rápidamente, aumentando la tensión desde los primeros minutos. Esta precisión narrativa y su atmósfera de aislamiento e incertidumbre la convierten en un clásico que sigue siendo difícil de superar dentro del cine de terror y ciencia ficción.
¿QUÉ MENSAJE NOS DEJA?
La Cosa plantea un dilema profundo: incluso con toda la tecnología y el conocimiento que la humanidad puede acumular, hay misterios que permanecen fuera de nuestro alcance. La película nos recuerda que el método científico y la lógica pueden fracasar ante lo desconocido.
En esencia, la película nos deja una pregunta inquietante: ¿qué tan seguros podemos estar de lo que creemos saber sobre el mundo… o sobre quienes nos rodean? La Cosa convierte la curiosidad científica y la camaradería humana en terreno de paranoia, recordándonos que lo desconocido no solo amenaza la vida, sino también nuestra percepción de la realidad.
EPÍLOGO
La Cosa no es solo una película de terror: es un estudio sobre la paranoia, la desconfianza y la fragilidad de la humanidad ante lo desconocido. Cada segundo construye tensión, cada mirada sospechosa aumenta la incertidumbre, mientras que la violencia y las mutaciones del monstruo golpean con un impacto visual que sigue siendo impresionante incluso décadas después.
Mi calificación para La Cosa de John Carpenter es un rotundo e icónico 10 PELADO Investiga.
Lo que al principio muchos vieron como un festival de sangre sin sentido, hoy se reconoce como una exploración magistral del miedo y lo inesperado. La verdadera amenaza no es solo la criatura, sino la duda que siembra entre los personajes… y en nosotros, los espectadores.
¿POR QUÉ ES UN CLÁSICO?
¿Por qué seguimos analizando La Cosa casi cuarenta años después de su estreno? La historia de la película parece indicar que su aclamación está bien fundada. Cualquier gran película tan criticada en su estreno tiene un mérito especial en su estatus actual. No se trata solo de la emoción del momento, un estreno masivo con efectos especiales y promoción, sino del poder de la película para contagiar a los espectadores lentamente, atrapándolos en su atmósfera de paranoia, miedo y fascinación.
La Cosa funciona de manera similar a su monstruo: absorbe, imita y transforma, extendiendo su influencia sobre todos los que entran en contacto con ella. Su éxito no depende de la aprobación inmediata, sino de su capacidad de instalarse en la memoria colectiva, crecer en reputación y consolidarse como una obra de culto. Cada generación nueva redescubre su maestría, cada espectador queda atrapado en su tensión, su aislamiento y su horror inmutable. Eso la transforma en un “clásico de culto”
El PELADO Investiga