EL EXORCISMO DE DIOS


Un sacerdote comete un pecado imperdonable… pero no es matar, ni dudar de Dios. Es algo mucho más humano: desear, caer y después callarse la boca. El problema no es el demonio, es el silencio. Porque el pecado no destruye todo en el acto; lo hace con intereses, a lo largo de los años.

Y cuando el mal regresa, vuelve como consecuencia. Como culpa mal enterrada. Como verdad que nunca se dijo completa. Porque en esta historia, el demonio no gana por ser más fuerte… gana porque el cura nunca tuvo el coraje de decir la verdad.

Así con esta premisa cargada de miedo, dudas, silencios indiscretos y verdades contadas a medias. Una historia donde Dios queda corrido de lugar, el exorcista deja de ser un instrumento y el mal aprende a oficiar misa.

Quédate hasta el final de este análisis, porque recién ahí vamos a ver si esta película realmente tiene un mensaje… o si el verdadero horror es que no sabe cuál quiere dar (Ponele): El PELADO Investiga les presento: EL EXORCISMO DE DIOS.


LA NATURALEZA DE LA PELICULA
“El Exorcismo de Dios” no es simplemente otra película de exorcismos: es un artefacto extraño que mezcla terror religioso, crítica institucional y decisiones narrativas discutibles, con un hilo conductor que nunca abandona: la culpa humana. Desde el inicio, el film establece un mundo donde un sacerdote estadounidense vive en un pueblo mexicano donde todos hablan inglés, como si el contexto cultural fuera un detalle menor… o directamente un estorbo. Aquí, el exorcismo no es un acto de fe: es casi un trámite académico. Cursos incompletos, autorizaciones pendientes, y un demonio que detecta si al sacerdote “le faltan materias”. La arrogancia del hombre se convierte en pecado.

Todo queda registrado: la cámara de video no es solo recurso narrativo, sino testigo incómodo. El error, la caída y el origen del desastre quedan archivados, para estallar 18 años después en la vida del protagonista.

La revelación se produce cuando el padre Peter y Magali confiesan sus sentimientos mutuos y, por fin, el sacerdote admite lo ocurrido aquella noche fatídica. La reacción de Magali es inquietante: del pecado surge la vida, de la culpa, el amor. La película pone en primer plano la contradicción moral: un acto terrible da origen a un milagro, y la historia se permite jugar con ese contraste casi blasfemo.

El núcleo provocador queda expuesto: el demonio induce el acto sexual, pero lo hace explotando un vínculo previo. La responsabilidad directa no recae sobre el padre Peter en términos absolutos, sino sobre el ente infernal. El pecado real está en su fragilidad emocional y en lo que vino después: el silencio, la omisión, la ocultación y luego la destrucción del VHS. Ese silencio no es solo cobardía narrativa: es un pecado en sí mismo.

Dieciocho años después, el padre Peter dirige un orfanato, respetado y admirado… casi un santo. Pero la culpa no desaparece con la obra caritativa. La llegada de Esperanza, la hija nacida aquella noche, convierte la posesión en un legado tangible de sus errores. El conflicto se vuelve moral, visceral: confesar al arzobispo y arriesgarlo todo, o mantener el silencio y perpetuar la ilusión de que “hacer el bien” borra lo malo. La confesión final, frente a la cámara del celular, no redime: solo documenta su caída y la responsabilidad que jamás quiso asumir.

En este recorrido se revela la verdadera naturaleza de la película: el exorcista no debe creer que Dios está con él; debe creer que él es Dios. Una idea potente y peligrosa que traslada todo el poder espiritual al rito y no al hombre. La fe se convierte en ego, la heroicidad en arrogancia, y la institución llega siempre tarde. Mientras el demonio evoluciona, se adapta y aprende, los hombres que deberían enfrentarlo se confunden entre convicción y soberbia.

“El Exorcismo de Dios” deja claro algo oscuro y sombríamente irónico: no es el demonio el enemigo final, sino el hombre que cree poder controlarlo. Y esa es, quizá, la crítica más despiadada y consistente que la película se atreve a plantear: la culpa no se diluye con el tiempo, la responsabilidad no se asume por sí sola, y el mal no necesita fuerza sobrenatural cuando la arrogancia humana hace todo el trabajo.

IMÁGENES PAGANAS
Un rastro de sangre lo guía hacia la parte trasera del templo, donde encuentra a la silueta de una persona llorando y lamentándose. Al acercarse, al intentar tocarla, llega el golpe visual: el rostro de Cristo aparece deformado, endemoniado, no es una imagen pensada para incomodar al personaje… es una imagen diseñada para incomodar al espectador.

La pesadilla continúa en la intimidad. Acostado, descubre que está paralizado, sin control de su cuerpo. Golpes extraños en la puerta de su habitación, la sensación de estar observado, hasta que dos manos emergen de debajo de la almohada y lo sujetan del cuello.

La película repite la operación con la hermana Camila, enfrentándola a una versión grotesca de la Virgen: ojos fuera de su órbita de distintos colores, presencia demoniaca, persecución y, finalmente, la absorción literal hacia la oscuridad. Por esas “necesidades del guion”, la escena concluye con su posesión, cerrando el círculo de una iconografía religiosa completamente corrompida.

La intromisión de la religiosa poseída en la habitación de los huérfanos es, literalmente, un desfile de caos. Magali se cruza con la posesa con fuerza, y los sacerdotes aparecen para exorcizarla.

La virgen zombi acosando a la hermana Camila y a los niños convierte la habitación en un escenario de histeria colectiva. Todo sucede simultáneamente, como si el caos fuera coreografiado, y realmente lo parece. El padre Peter, atado y vulnerabilizado, se ve más ridículo que amenazante, porque si tuviera fe, templanza y heroicidad, podría dominar la situación con una sola palabra. Pero es el padre Peter, así que hay que atarlo a un sillón para que la tensión funcione.

La escena donde es marcado con un crucifijo invertido por Esperanza, recitando un Padre Nuestro satánico, nos recuerda que la película no tiene miedo de cruzar líneas visuales y religiosas. Todo grotesco, todo extremo, todo con la intención de provocar una mezcla de terror y risa nerviosa.

LA PARADOJA DEL MAL
“El Exorcismo de Dios” es, en esencia, una historia sobre culpa, redención fallida y sacrificio personal. Hasta ahí, nada nuevo. La diferencia —y también su mayor provocación— es el foco: ¿qué sucede cuando el sacerdote, ese supuesto bastión moral, es en realidad parte del problema? ¿Qué pasa cuando el exorcista no es el antídoto, sino la grieta por donde entra el mal?

El final no busca consolar ni tranquilizar al espectador. Todo lo contrario. La película insiste en una idea incómoda: el mal no siempre es derrotado, y muchas veces gana precisamente cuando encuentra debilidad en quienes deberían ser los más firmes. La posesión final de Peter no es solo física; es espiritual, ideológica y profundamente simbólica. Balbán no conquista un cuerpo cualquiera: se instala dentro de la Iglesia misma, usando a uno de sus hombres como un caballo de Troya.

En ese sentido, la cinta puede leerse como una crítica directa a la idealización de la figura del sacerdote y, por extensión, a la religión católica como institución, con el Vaticano como su máxima representación de poder. Aquí la fe no aparece como una solución automática ni infalible, algo que la distancia de muchas películas del subgénero que venden al catolicismo como el único antivirus efectivo contra el demonio.

Sin embargo, esta ambición temática convive con una contradicción difícil de ignorar: “El Exorcismo de Dios” termina sintiéndose como una copia barata de “El Exorcista”. Una más dentro de una larga procesión de títulos como El anticristo, El exorcismo de Emily Rose, El último exorcismo, El rito, Con el diablo adentro, La posesión, Líbranos del mal, La posesión de Deborah Logan, Exorcismo en el Vaticano, La crucifixión, La reencarnación, La posesión de Hannah Grace, Proyecto exorcismo y una interminable lista de producciones —incluyendo muchas provenientes de Corea e India— que buscan exprimir al demonio y a sus víctimas… solo para terminar derrotadas por el peso de sus propias fórmulas.

DOGMA VS. ADAPTACIÓN
La película introduce un cuestionamiento interesante, aunque peligrosamente mal desarrollado: la Iglesia lleva siglos utilizando el mismo ritual de exorcismo, mientras que el demonio —según esta lógica— ha evolucionado, ha aprendido y ya no juega con las mismas reglas. Balbán no se queda quieto en un solo cuerpo; salta, se adapta y obliga a improvisar.

Es en ese contexto donde el padre Michael decide utilizar rituales alternativos, con el objetivo de evitar que el demonio vaya migrando de un cuerpo a otro como si estuviera haciendo turismo espiritual. La idea, en sí, no es mala. El problema es que la película la plantea y la abandona con la misma rapidez.

En una breve conversación entre ambos sacerdotes, Peter admite que el ritual tradicional no funciona con Balbán. La respuesta del padre Michael es una frase que pretende ser profunda y que, al menos, logra incomodar:

“No creyendo que Dios está contigo, sino creyendo que tú eres Dios.”

La frase obliga a detenerse. ¿A dónde quiere llegar la película con esto? ¿Está sugiriendo que el exorcista debe convertirse en el centro del rito, desplazando a Dios del rol principal? Porque el exorcismo, al menos desde la doctrina, no funciona por la voluntad del hombre, sino porque el sacerdote actúa como instrumento de la fe. No al revés.

Este planteo abre una grieta interesante: el cuestionamiento a la autoridad del Vaticano, al ritual establecido y a la rigidez institucional. El padre Michael expresa un claro descontento con la Iglesia, con su modo de operar y con una liturgia que parece más preocupada por la forma que por la efectividad.

La película da a entender que, al final del día, lo que importa no es la fe, la heroicidad, la virtuosidad y la templanza del sacerdote, sino el rito en sí mismo. Una idea potente —y algo peligrosa—, porque traslada todo el poder espiritual del hombre al ritual, convirtiendo al exorcista en un mero ejecutor en vez de un verdadero protagonista moral. El problema es que este conflicto nunca se desarrolla: la película lo sugiere, lo insinúa, lo deja flotando en el aire… y luego lo abandona, como quien cuelga un crucifijo y se va a tomar un café.

SOBRE LOS PERSONAJES PROTAGÓNICOS
El sacrificio del padre Peter es, sin discusión, el núcleo emocional del desenlace. No porque sea heroico ni ejemplar, sino precisamente porque carece de toda épica. Durante toda la película, no hace otra cosa que arrastrar la culpa de su pecado original como una penitencia muda: falló como sacerdote, falló como hombre y jamás tuvo el coraje —ni la fe suficiente— para perdonarse a sí mismo.

Su decisión final no responde al arquetipo del héroe que se inmola y se redime. No hay luz, no hay gloria ni absolución. Hay una elección desesperada y profundamente trágica: renunciar a su alma para salvar a otros. Un gesto que, en otro género, podría leerse como noble, pero que aquí funciona como confirmación de su derrota espiritual.

Porque el demonio no es expulsado ni vencido. Se queda. Ocupa el cuerpo del padre Peter y lo transforma en su nuevo recipiente. El sacrificio no resuelve el conflicto: lo institucionaliza. El mal no solo sobrevive, sino que encuentra un cuerpo funcional, una fe rota y una culpa perfectamente lista para ser habitada.

El desenlace deja un mensaje incómodo pero coherente con todo lo anterior: no todo pecado se perdona, no toda culpa se redime y no toda buena intención llega a tiempo. El padre Peter intenta hacer lo correcto cuando ya es tarde. No hay borrón y cuenta nueva. No hay absolución final. El mal gana esta batalla sin necesidad de imponerse por la fuerza, simplemente dejando que la culpa haga su trabajo.

En contraste, el padre Michael —presentado como “el mejor exorcista del mundo”— funciona más como una figura desmitificadora que como un referente espiritual. Lejos de encarnar virtudes como la templanza, la fe o la autoridad moral, aporta groserías, alcohol y cinismo. No es un guía, ni un modelo, ni un salvador: es apenas el recordatorio de que incluso los supuestos expertos están lejos de ser ejemplos de virtud.

ESCENAS PLAGIADAS
La llegada del padre Peter a la casa de Magali es imposible de ignorar: la composición de la escena, con el sacerdote bajando de la camioneta y quedando de pie en el portal iluminado, no es un homenaje sutil, sino una copia descarada de la icónica llegada del padre Merrin a la casa de Regan en “El Exorcista”.

Más adelante, en la prisión, cuando el padre Peter y el padre Michael enfrentan a Esperanza, la escena alcanza el nivel de plagio literal: la celda cerrada, la confrontación directa, el demonio vomitando verde sobre el exorcista… un calco casi exacto de la escena en la que Regan vomita a la cara del padre Karras.

CLIMAX DE LA PELICULA
Cuando ambos sacerdotes llegan y encuentran las puertas de las celdas abiertas, la ausencia total de las reclusas, al Dr. Nelson agonizando en el piso y, acto seguido, a las presas poseídas entrando en escena como si estuvieran ensayando una coreografía descartada de “Thriller” de Michael Jackson, la película cruza una línea peligrosa.

El punto crítico llega cuando una de las reclusas, poseída, captura al padre Michael y lo amenaza con un cuchillo. El momento exige una decisión clave… y la película elige mal. En lugar de intentar exorcizarla, el supuesto exorcista opta por clavarle una cruz en el cuello. Y ahí surgen tres preguntas inevitables:

¿La poseída deja de ser una persona?
¿No debería prevalecer la vida del cuerpo tomado por el demonio?
¿El exorcismo ya no es prioridad frente a una ejecución improvisada?

La confusión moral es total. Y se agrava cuando ambos sacerdotes deciden huir. No enfrentan a las posesas. No plantan batalla espiritual. No hay fe inquebrantable ni fortaleza en Dios. Solo retirada. Entonces la pregunta es inevitable: ¿dónde quedó la convicción que supuestamente define a estos personajes?

La discusión posterior entre ambos sacerdotes, lejos de ordenar el conflicto, lo expone aún más. El reclamo, la hipocresía, el ocultamiento de la culpa, el silencio sostenido durante 18 años, el sufrimiento de Esperanza y la muerte de los niños confluyen en un punto claro: la falta absoluta de valor del padre Peter para haber dicho la verdad cuando correspondía.

Y cuando llega la revelación final —el padre Michael confesando que vendió su alma a Balbán para salvar a un niño poseído— la narrativa termina de colapsar sobre sí misma. Lo que podría haber sido un giro potente queda teñido de una hipocresía monumental. Ambos sacerdotes quedan expuestos no como figuras trágicas, sino como personajes sin brújula moral, sin parámetros claros y, sobre todo, sin ninguna autoridad real para enfrentar al demonio.

La disyuntiva moral llega a su clímax cuando debe elegir entre los niños del orfanato o su hija: renunciar a Dios para salvarlos a todos. Es el sacrificio definitivo, no heroico, sino trágicamente irónico: su mejor acto se logra gracias a la renuncia de lo más importante que debería tener —la fe y la autoridad moral— y esto es exactamente lo que hace que la película respire un humor negro bastante negro.

El sacerdote con el arzobispo: se confirma que el video de su pecado fue eliminado, su situación “cerrada” y que le espera un cargo importante en la Santa Sede.

La hija, Esperanza le pide la bendición; al tocar su mano, hay un instante de conexión y gratitud, pero observamos el rechazo. Pero la revelación final deja todo en suspenso: el padre Peter ya no es él mismo, sino que el demonio lo posee completamente. Mientras los ojos de Esperanza brillan, Balbán camina dentro del cuerpo del sacerdote se dirige por la Plaza San Pedro, con la Basílica de fondo, insinuando un mal que sigue activo y un futuro abierto.

¿QUÉ MENSAJE NOS DEJA?
Su mensaje es deliberadamente ambiguo: nos sugiere que la culpa persiste, que incluso el sacrificio más noble puede ser inútil, y que el mal sabe adaptarse mientras los humanos tropiezan con sus propias debilidades. En otras palabras: no hay moraleja clara. La historia parece decirnos que, a veces, ni Dios ni el héroe logran salvar a todos, y que las instituciones religiosas pueden ser tan lentas y torpes como sus fieles, dejando al espectador con un sabor amargo y una pregunta incómoda: ¿hubo algún mensaje de redención, o la película simplemente disfruta mostrando la ineficacia humana frente al caos?

EPÍLOGO
“El Exorcismo de Dios” presenta una visión amarga y poco convencional de la figura del sacerdote exorcista. Peter, retratado como un hombre moralmente cuestionable y débil ante sus impulsos, demuestra que incluso quienes deberían ser guardianes de la fe pueden sucumbir. La película subraya que el mal no solo existe, sino que triunfa con paciencia, astucia y adaptabilidad.

Al mismo tiempo, la narrativa incluye un mensaje homofóbico y moralista que pinta a la Iglesia como una institución que desprecia y margina a personas con identidades y expresiones de género diferentes, reforzando una crítica incómoda sobre la rigidez y la hipocresía institucional.

Mi calificación para “El Exorcismo de Dios” es un 5 PELADO Investiga.

En definitiva, el epílogo deja claro que “El Exorcismo de Dios” no es una historia de triunfo de la fe ni de redención: es un relato donde la culpa se perpetúa, el mal se infiltra y la autoridad religiosa falla en proteger lo que debería ser sagrado. Una película que incomoda, provoca y deja la sensación de que, en este mundo, incluso los santos pueden caer… y que el demonio, irónicamente, sabe cómo dar misa mejor que ellos.

El PELADO Investiga.

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