
Cinco temporadas, millones de espectadores, y ¿el clímax? No, no era pelear con monstruos… Era una confesión personal. Sí, porque nada dice “drama épico” como que la salvación del mundo dependa de tu orientación sexual.
Mientras unos buscaban armas y estrategias, la verdadera herramienta era… sincerarse.
Bienvenidos al mundo donde los monstruos se ven fáciles comparados con los mensajes bien empaquetados de Netflix.
Así que pónganse cómodos, respiren hondo y prepárense para cuestionarlo todo…
Asi, con esta premisa de mensajes y estereotipos cambiados, (Ponele) El PELADO Investiga les presenta: “Cuando Stranger Things dejó de ser una serie y se volvió un mensaje”.
ACLARACION
Quiero dejar en claro algo desde el inicio, porque hoy todo se malinterpreta rápido.
Este análisis no va contra personas, identidades ni elecciones privadas.
No hay odio, no hay desprecio y no hay ataques personales.
Acá se habla de relatos, de mensajes y de cómo una industria comunica ideas a través de productos masivos.
Cuestionar una narrativa no es atacar a una persona.
Es ejercer pensamiento CRÍTICO.
CUANDO EL ENTRETENIMIENTO NO SOLO ENTRETIENE
Hoy quiero hablar de una serie que casi todos estaban esperando.
Una superproducción. Una de esas apuestas gigantes de una de las plataformas más influyentes del planeta. Una serie que cerró su historia entre aplausos, nostalgia, emoción exagerada y discusiones interminables en redes. Pero más allá de los monstruos, los efectos y los guiños al pasado, hay algo que pasó bastante más silencioso.
Algo que no se discutió demasiado.
Y que dice mucho más sobre nuestra época que sobre la serie en sí.
Porque esta historia no solo entretuvo.
También opinó.
Dejó mensajes.
Algunos incómodos.
Otros contradictorios.
Y varios, directamente, dirigidos a un público muy específico: los NIÑOS.
Para entender por qué esto importa, primero necesitamos contexto.
UNA HISTORIA QUE EMPEZÓ COMO AVENTURA
En términos simples, la serie sigue a un grupo de chicos en un pueblo tranquilo, donde empiezan a pasar cosas que no deberían pasar. Lo que arranca como una aventura infantil, se va transformando en una lucha contra una fuerza oscura que no pertenece a este mundo.
Durante varias temporadas, se nos dice que el origen del mal es una dimensión paralela. Un reflejo deformado de la realidad. Una copia oscura del mundo cotidiano. Pero en el cierre, esa idea cambia. Lo que parecía “otro mundo” resulta ser apenas un pasillo. Un acceso. Un puente hacia algo mucho más antiguo, mucho más profundo y muchísimo más peligroso.
Allí habita una entidad que no solo destruye.
Quiere dominar.
Expandirse.
Reescribir la realidad a su manera.
Y para hacerlo, no elige ejércitos.
No elige gobiernos.
Elige niños.
CUANDO EL FOCO SE CORRE
Acá es donde la historia empieza a incomodar. El antagonista utiliza niños como piezas centrales de su plan.
No por casualidad.
No porque sean héroes.
Sino porque son vulnerables.
Maleables.
Fácilmente influenciables.
Hasta ahí, la lógica del relato funciona. El problema aparece cuando la serie se acerca a su clímax. Cuando todo debería concentrarse en el conflicto principal.
Y en ese momento… el foco se corre, se mueve. La historia deja de girar alrededor del enfrentamiento final y se desplaza hacia la identidad sexual de uno de los personajes.
No como un dato más.
No como un rasgo secundario.
Sino casi como un elemento salvador.
Como si aceptar y declarar públicamente esa identidad fuera una especie de llave narrativa para vencer al mal.
Aclaremos algo importante.
El problema no es el personaje.
No es su orientación.
El problema es la función que se le da.
En el momento más crítico de la historia, cuando el mundo está al borde del colapso, el mayor miedo del personaje no es morir, no es perder a sus amigos, no es fracasar. Es no ser aceptado. Y ahí el mensaje queda flotando, bastante claro: la confesión personal se transforma en poder. Casi en redención.
PREGUNTAS INCÓMODAS
¿Por qué convertir un rasgo personal en el eje emocional del clímax?
¿Por qué desplazar una historia que venía construyéndose durante años hacia una agenda identitaria?
¿Y por qué ese mensaje no se presenta como algo general, sino como algo pensado especialmente para los niños?
Porque esto no surge de la nada. Entrevistas, declaraciones y material promocional reforzaron esta idea: no es solo representación, es “un mensaje necesario”.
Pero no para adultos.
No para la audiencia en general.
Para los más chicos.
Y entonces la pregunta aparece sola:
¿Por qué siempre los niños?
CUANDO LA FICCIÓN SE CONFIESA SOLA
Curiosamente, la propia serie da una pista.
El villano explica por qué elige niños.
Porque todavía no están formados.
Porque su identidad no está cerrada.
Porque se los puede moldear.
Dicho así, suena siniestro.
Pero llevado al plano simbólico, resulta inquietantemente familiar.
Hoy los mensajes ideológicos no están solo en la política o en los medios de noticias.
Están en las series.
En las películas.
En las caricaturas.
En las redes.
En el contenido “para toda la familia”.
La infancia se vuelve territorio estratégico.
No porque los niños entiendan todo, sino precisamente porque no lo entienden todavía.
Primero impacta la emoción.
Después la repetición.
Y recién al final, si llega, el pensamiento crítico.
Y cuando una plataforma líder, seguida por millones, decide centrar estos mensajes en productos masivos, no es ingenuidad.
Es línea editorial.
EL MENSAJE MÁS INCÓMODO VIENE DEL VILLANO
Ahora bien, no todo es descartable. Paradójicamente, uno de los mensajes más fuertes viene del antagonista. En un momento clave se revela su pasado. Su dolor. Su contacto temprano con el mal. Por un instante parece abrirse una salida clásica: “no fue tu culpa”. Pero el villano la rechaza.
No se victimiza.
No se escuda en el trauma.
No culpa al mundo.
Dice algo mucho más incómodo: eligió. Eligió convertirse en lo que es. Y sin querer, deja expuesta una verdad que nuestra cultura suele esquivar: la responsabilidad personal. Hoy casi todo se explica desde la herida, el contexto o el trauma. Pero pocas veces desde la decisión. Y sin decisión, no hay transformación. Solo repetición.
LO QUE REALMENTE ESTÁ EN JUEGO
Entender el dolor es importante. Pero no alcanza. Si cada herida se convierte en identidad, el sufrimiento deja de ser algo que se supera y pasa a ser algo que se protege. Y cuando eso se normaliza, la sociedad se estanca.
Volviendo a los niños:
no alcanza con criticar a la industria.
No alcanza con indignarse en redes.
La responsabilidad es nuestra.
Acompañar.
Educar.
Poner límites.
Escuchar.
Estar presentes.
No se trata de odiar a nadie.
No se trata de perseguir identidades.
Se trata de no confundir entretenimiento con adoctrinamiento.
El mal no se vence con consignas.
No se vence con slogans emocionales.
Se vence con verdad, con responsabilidad y con adultos dispuestos a cuidar a quienes todavía están formando su mirada del mundo.
Porque al final, ningún “superpoder” reemplaza eso.
El PELADO Investiga
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