
Una iglesia antigua guarda en sus entrañas algo que ni el polvo ni los siglos lograron enterrar: un mal ancestral listo para hacer estragos. Cuando finalmente se libera, empiezan las muertes, las “infecciones” rarísimas. La curia local se ve obligada a llamar a una religiosa, un exorcista y un sacerdote… porque obviamente, alguien tenía que lidiar con este desastre.
Quedate hasta el final de este análisis, porque la escena clave no solo revela cómo expulsar al mal… sino también el precio brutal que la protagonista deberá pagar por meterse en algo que claramente no entiende.
Así, con esta premisa de traumas del pasado, curas que enferman por el poder y una monja que hace todo menos rezar (ponele), El PELADO Investiga les presenta: ANATEMA.
LA NATURALEZA DE LA PELÍCULA
“Anatema”, película española de terror de 2024, dirigida por Jimina Sabadú y producida por Álex de la Iglesia, llega con una premisa potente y una promesa: horror religioso, conspiración eclesiástica y mal antiguo bajo tierra. Lo que entrega… es otra cosa.
Porque más que una película, “Anatema” parece un catálogo de clichés del terror religioso ensamblados en formato largometraje. Una obra que no termina de decidir si quiere ser horror teológico, thriller conspirativo o delirio simbólico. Y en ese intento por ser todo… no termina siendo nada.
La película bebe de influencias muy claras:
— El arquetipo de monja rebelde enfrentando al sistema eclesiástico.
— La figura del clero corrupto o temeroso.
— El terror subterráneo con raíces en el pasado.
— Y visualmente, la Monja Blanca es una alusión casi directa al personaje del universo “El Conjuro”, solo que vestida de blanco y con tentáculos.
Pero hay algo todavía más revelador: el supuesto origen del ente como parásito ancestral que habita en la oscuridad conecta directamente con el miedo primario de la infancia. No un miedo abstracto, sino uno histórico y brutal. Los llamados “niños secos”: huérfanos de madres solteras, escondidos, descartados, enterrados en silencio por instituciones religiosas que debían protegerlos. La premisa sugiere que las monjas los mataban y ocultaban bajo tierra, convirtiendo ese horror en un sustrato literal de la historia.
Desde ahí, la película intenta construir a su criatura como un ser antiguo alimentado por el miedo infantil, arraigado en la tierra y conectado con traumas de la niñez. La referencia inevitable es IT de Stephen King: un ente primigenio, subterráneo, que se nutre del terror de los niños y sobrevive en los márgenes de la memoria colectiva.
Sin embargo, donde Stephen King construía una mitología coherente y simbólicamente poderosa, aquí solo queda un eco mal ensamblado. La idea está, el concepto es perturbador y hasta potente, pero jamás se desarrolla con la profundidad necesaria. Queda flotando como una insinuación incómoda, más cercana a un borrador que a una revelación narrativa real. El resultado: una película que parece hecha con retazos de otras mejores.
LA TRAMA DE LA PELÍCULA
Juana Rabadán, restauradora de arte, profesó los votos tras la trágica muerte de su marido, recibe un encargo por parte del Arzobispo de visitar las catacumbas de una de las iglesias más antiguas de Madrid, construida sobre un entramado de pasadizos de origen desconocido. El prelado sospecha que bajo sus interminables túneles se encuentra el “Sello de San Simeón”, colocado allí por el propio santo eremita con el fin de salvaguardar el mundo de un mal de tiempos pretéritos.
Con la ayuda del joven sacerdote Ángel, la novicia Mara y el exorcista Cuiña, Juana bajará al subsuelo de la ciudad a enfrentarse no sólo a lo sobrenatural, sino también a su pasado. Desde ese punto, la película intenta construir una red de conspiraciones, secretos eclesiásticos y un mal antiguo enterrado bajo Madrid. Pero el verdadero conflicto no es el ente. Es la obsesión por el control.
El prelado, enfermo física y moralmente, cree que puede dominar aquello que duerme bajo el templo. Su visión es clara: “sin miedo, no hay fe; el miedo es un mal necesario”.
Una idea reforzada constantemente por la cita de Zacarías 11-17: “¡Pobre del pastor inútil que abandona el rebaño!”. Ese versículo se utiliza como acusación directa: el arzobispo no es un guía espiritual, es un administrador del miedo.
La película insiste en mostrar una Iglesia obsesionada con el poder, con escalar jerárquicamente sin importar las consecuencias. Idealismos antiguos quedan aplastados por el control institucional. Morir es aceptable. Perder poder, no.
Mientras tanto, emerge la idea de una deidad precristiana, venerada en la península antes de la llegada del cristianismo. Un dios celoso y vengativo, enterrado bajo capas de fe impuesta. El terror no nace del demonio: nace de lo que la Iglesia decidió ocultar y dominar.
Aparece un elemento poco usual en el género: la bilocación. El hermano de Juana existe en dos lugares al mismo tiempo. Presente y ausente. Vivo y atrapado. Un recurso interesante… apenas explorado.
El padre Cuiña, exorcista que en el pasado intentó salvar al esposo de Juana antes de su muerte, carga con una culpa densa que nunca se desarrolla del todo. Es el único que parece entender que el mal no se controla: se destruye. Su solución es radical: quemar el templo.
Pero la película no está interesada en desarrollar sus mejores ideas. Prefiere saltar de escena en escena como si el horror fuera acumulativo por saturación.
El arzobispo observa un video de las catacumbas. Un ser antropomorfo avanza. La entidad atraviesa la pantalla. Extiende su brazo. Y el arzobispo… cae por la ventana. Fin.
Luego, una monja demoníaca —copia evidente de “La Monja”— aparece y se lleva al hermano por un portal.
El padre Cuiña intenta quemar el templo. Una versión grotesca de una virgen o santa sopla el fósforo y lo apaga. Cuiña muere. Nadie explica cómo.
Juana desciende a las catacumbas. Encuentra los cuerpos momificados de “los chicos secos”. Tentáculos. Apariciones. Su esposo muerto que vomita negro y le susurra que siempre se quedará con ellos.
Y finalmente: la Monja Blanca. Tentáculos saliendo de las manos. Se rasga el hábito. Su cuerpo contiene decenas de cabezas de niños.
Todos los personajes aparecen controlados por la entidad. Ojos en blanco. Marionetas de un parásito.
En ese momento, Juana recita el Salmo 13, 2-5: “¿Hasta cuándo me tendrás olvidado, Señor?… Ilumina mis ojos, para que no caiga en el sueño de la muerte…”
Al pronunciar “Ilumina mis ojos”, la vista del padre Cuiña vuelve a la normalidad. El sacerdote le recuerda una canción de la infancia: “Cómo quieres que toque el violín si tengo un esqueleto sentado en el atril…”
La metáfora es clara: no se puede cumplir una misión cuando el horror ocupa el lugar central. No se puede ejercer la fe cuando el miedo gobierna el espacio. La escena parece conducir a un clímax… pero todavía no.
ACIERTOS y FALLAS
-Aciertos:
El conflicto sobre el control del miedo como herramienta de poder religioso.
La idea de un mal precristiano bajo Madrid.
La bilocación del hermano de Juana.
El uso simbólico de citas bíblicas, puestas donde el guion, lo requiere y solicita, como Zacarías 11:17 y el Salmo 13.
-Fallas:
El guion no desarrolla ninguna en profundidad.
Todo queda en esbozo.
Nada se documenta ni se construye con coherencia interna.
El horror visual aparece sin preparación.
Las revelaciones no tienen peso.
Los personajes actúan según necesidad de escena, no de lógica.
La Monja Blanca es una copia visual evidente.
El parásito ancestral remite a IT sin elaboración propia.
El pasado de la Guerra Civil española aparece como un recurso automático del terror español, casi un karma narrativo inevitable.
Y el mayor problema: el centro del conflicto nunca es el mal. Es el control. Pero la película no sabe qué hacer con esa idea.
¿QUÉ MENSAJE NOS DEJA?
Que el verdadero horror no está bajo la iglesia, sino en la obsesión por dominar a otros mediante el miedo. La película sugiere que la fe institucionalizada necesita del terror para sostenerse. Que el poder religioso se construye sobre el control.
Que los pastores pueden convertirse en tiranos. Pero todo eso aparece diluido en un caos narrativo que no logra sostener sus propias tesis. La fe debería liberar. Aquí, se utiliza para someter. Y cuando el miedo se convierte en herramienta, el monstruo ya no necesita esconderse bajo tierra.
EPÍLOGO
“Anatema” tenía todos los elementos para ser una gran película de terror religioso español. Una base sólida. Actores comprometidos. Una premisa potente. Pero se pierde en su propio laberinto de símbolos, referencias y escenas inconexas. Como si alguien hubiera reunido todas las piezas correctas… sin saber cómo armarlas. El resultado es una película que promete descender al infierno… y termina perdida en sus propios pasillos.
Mi calificación para “Anatema” es un 3 PELADO Investiga.
ESCENA CLAVE
La película se desploma justo cuando debería alcanzar su clímax. La hermana Juana no vence a la “Monja Blanca” con fe, rezos ni ningún enfrentamiento espiritual digno del género. No hay exorcismo, ni ritual, ni confrontación divina. El mal retrocede… por una canción infantil. Un tarareo extraño, casi ridículo: “Cómo quieres que toque el violín si tengo un esqueleto sentado en el atril…”
Ese canto, que debería ser un recuerdo inocente, se convierte en el arma definitiva. Mientras Juana lo entona, los tentáculos que emergen de la boca de su hermano se retraen, sus ojos recuperan la normalidad y la posesión se disuelve como si la entidad no soportara la nostalgia. Miguel vuelve en sí y, en un giro aún más surrealista, canta con su hermana.
En ese momento ambos se reconocen, descubren que han crecido mientras el horror maduraba en silencio. Y entonces llega la revelación final: el ente no es un demonio tradicional. Es un parásito. Un gusano de otro mundo que vive bajo tierra, se oculta en la oscuridad y se alimenta del miedo y la memoria.
Las imágenes se vuelven fragmentadas: la bomba nazi enterrada como símbolo de un mal antiguo nunca desactivado, el hermano desenterrándola, la Monja Blanca frente a un portal abierto. Todo se mezcla en un montaje caótico que pierde coherencia mientras busca desesperadamente un significado.
Ángel, Juana y Mara logran salir. Explosión. Miguel observa desde la distancia. Una voz en off atraviesa el ruido: “Necesito que vivas, Juana. Por los dos.”
Después, el estallido final. La iglesia se destruye. El templo cae. Y con él, la última posibilidad de que la historia cierre con sentido. La película no concluye: implosiona. Y en esa implosión desordenada está, paradójicamente, lo más memorable que deja.
El PELADO Investiga.