LOS DEVORADORES DE CEREBROS


Un objeto cónico aparece en medio del bosque… sin explicación y con menos presupuesto que un curso de telepatía por correspondencia. Una joven pareja lo encuentra y, como toda buena decisión en el cine de los 50, decide acercarse.

Todos creen que es una nave del espacio exterior. Invasión. Caos. Ciencia ficción seria. ¡Pero NO!; El guion decide que viene del interior de la Tierra… porque cuando algo ya es absurdo, siempre se puede profundizar.

Y ahí arranca una trama tan extraña como entrañablemente ridícula, sostenida por una lógica impecable: ninguna. Una historia que avanza, se enreda y termina… eh… termina…

Quedate hasta el final de este brutal análisis, porque un personaje central, muy, pero muy, muy conocido aparece para dejar un mensaje que en vez de explicarlo todo… lo deja peor.

Así, con esta premisa; que plagia una novela, guiña a un clásico del género y remata con una banda sonora (Ponele), El PELADO Investiga, les presento… “LOS DEVORADORES DE CEREBROS”.


LA NATURALEZA DE LA PELICULA
“Los Devoradores de Cerebros” aterriza en los cines el 11 de mayo de 1958, justo cuando la ciencia ficción vivía su edad dorada de paranoia, invasores y desconfianza generalizada. Era la época en la que Hollywood repetía una misma idea con entusiasmo casi terapéutico: nadie es quien dice ser. Y esta película se suma sin pudor a esa tendencia, siguiendo el rastro de títulos como “El Ser del Planeta X”, “Invasores de Marte”, “Vinieron del Espacio”, “Asesinos del Espacio”, “La invasión de los ladrones de cuerpos”, “Conquistaron el Mundo” y “Me casé con un monstruo del espacio exterior”. Un club selecto… y bastante saturado.

Pero a diferencia de esos referentes, acá no hay pretensiones de grandeza. Esto es serie B en estado puro: una producción pensada para completar la parte baja de un programa doble de autocine. Cincuenta y ocho minutos de duración, presupuesto ajustado y estreno compartido con “La Tierra contra la Araña”.

El guion, además, toma prestado —sin saludar ni agradecer— el argumento de “Los maestros de marionetas” de Robert Heinlein. La novela proponía una invasión extraterrestre clara y ambiciosa; la película, en cambio, reduce la escala y complica la lógica. En lugar de llegar desde el espacio en platillos voladores, los invasores parecen surgir desde el interior del planeta, excavando hacia la superficie como si la conquista fuera también un proyecto de minería improvisada.

El concepto principal sobrevive: parásitos que se adhieren a la nuca y controlan la mente humana. Una idea inquietante que, en la novela, tenía una solución tan práctica como incómoda: abandonar la ropa para detectar a los infectados. Ninguna adaptación cinematográfica se animó a tanto realismo social.

El resultado final es una producción modesta sobre suplantaciones y control mental que nunca alcanza la tensión ni la sofisticación de “La invasión de los ladrones de cuerpos” ni de los grandes clásicos del período. Más que competir con ellos, parece mirarlos desde lejos… y con un presupuesto visiblemente menor.

ANÁLISIS PSICOLÓGICO Y CONTEXTO DE LA ÉPOCA
En el fondo, la película respira el mismo aire que gran parte de la ciencia ficción de los años 50: paranoia pura en plena era del “Pánico Rojo”. Ese período donde Hollywood transformó el miedo político en invasiones extraterrestres y convirtió a los pequeños pueblos estadounidenses en campos de batalla ideológicos. Siempre había algo infiltrándose, reemplazando identidades y amenazando el famoso estilo de vida americano.

La lógica era simple: el enemigo no venía con uniforme visible. Se escondía bajo tierra, en la comunidad… o dentro del vecino. La metáfora del comunismo infiltrado funcionaba tan bien que se repetía hasta el cansancio. Promesas de un futuro perfecto, pérdida de la individualidad y una masa uniforme que avanzaba sin alma. Ciencia ficción como terapia colectiva… o como propaganda elegante, según quién mire.

LA TRAMA DE LA PELICULA
La historia abre con una voz en off y que permanece durante casi toda la premisa y nos empuja entre secuencia y secuencia, directo al pasado. Flashback inmediato. Recurso clásico del cine negro: noche cerrada, calle casi vacía y una figura caminando como si cargara algo más pesado que el abrigo. No es solo ambientación; es la idea de que el pasado siempre vuelve, aunque uno finja lo contrario. En este tipo de relatos, nadie escapa de lo que ya ocurrió. Apenas lo arrastra.

Desde ahí, la película mezcla paranoia sci-fi con trauma de cine negro. Y en ese cruce aparece una decisión curiosa: en lugar de invasores que descienden del espacio —el clásico enemigo externo— la amenaza emerge desde el interior de la Tierra. Del pasado más remoto del planeta. Un giro que sugiere que lo verdaderamente peligroso no viene de afuera, sino de lo que lleva siglos enterrado… esperando turno.

Los parásitos, llamados “insectos”, que los bautizaremos como: (pantufla peluda con antenas) ascienden desde el subsuelo a través de un misterioso cono que funciona como canal. No los vemos cavar, pero entendemos el concepto: como cualquier trauma bien guardado, tarde o temprano salen a la superficie. Y cuando lo hacen, encuentran huéspedes.

A diferencia de “La invasión de los ladrones de cuerpos”, donde los duplicados nacen de vainas vegetales, acá el traslado de los parásitos adopta un tono más cercano al cine negro. Los humanos infectados cargan pequeños frascos de cristal que emiten una luz intensa y casi hipnótica. Objetos brillantes que recuerdan inevitablemente a la caja radiante del final de “El beso mortal” (1955). Nadie explica de dónde sale esa luz ni por qué funciona… pero ver a hombres caminando o escondiéndose por la noche con un recipiente luminoso entre sus manos tiene una elegancia extraña. Y ligeramente inquietante.

ESCENAS QUE NUNCA ENTENDEREMOS
Hay escenas que ni el guionista logró entender… y eso ya es decir mucho.

A metros del cono encuentran a un científico anciano tendido en el suelo. Lo curioso: llevaba cinco años oficialmente muerto y desaparecido. Sí, muerto. Y ahora reaparece después de haber servido como huésped descartable para uno de los parásitos. Según nuestro héroe protagonista, su problema cardíaco lo convierte en material defectuoso para la invasión. Lo usaron, lo vaciaron y lo dejaron tirado como un envase sin retorno. Servicio completo.

Lo trasladan al hospital y lo interrogan con la calma de quien charla sobre el clima. El hombre, todavía en modo post-parásito, empieza a divagar sobre la era carbonífera. Doscientos millones de años atrás. Según él, aquel período fue conocido como la era de los insectos, una época donde estas criaturas dominaban el planeta.

La escena pretende ofrecer una revelación científica trascendental, pero se percibe más como una charla improvisada de madrugada con un par de copas encima. Nadie cuestiona nada. Tampoco sorprende que un muerto reciente explique la prehistoria con total lucidez. La lógica se toma un descanso y la historia continúa como si todo tuviera sentido… o como si comprender fuera un lujo innecesario.

Nada se resuelve a los tiros… salvo en esta película, donde absolutamente todo intenta resolverse así.

En la oficina del alcalde —que además resulta ser el tío del protagonista— se amontonan el sheriff, el senador, la secretaria que casualmente es novia del héroe protagonista y un clima de interrogatorio bastante incómodo. El alcalde, claramente alterado por tantas preguntas y tan poca paciencia, decide que la diplomacia ya no sirve: abre el cajón, saca el revólver y apunta a todos. Gestión municipal nivel western.

Nuestro héroe protagonista, lejos de calmar la situación, le pide que muestre la nuca. Porque en este pueblo las reuniones políticas siempre incluyen inspección cervical. El alcalde intenta escapar y lo que sigue es un tiroteo caótico en la oficina de la alcaldía: balas que vuelan en todas direcciones… excepto hacia donde deberían. En el pasillo un policía, se suma al festival de disparos y termina rematando al alcalde sin demasiadas ceremonias. Crisis resuelta. Vacante abierta. Próximas elecciones en camino. Democracia express.

Más tarde, en la zona del cono, nuestro héroe protagonista escala unos andamios para revisar su equipo instalado en la parte superior. Abajo, dos policías controlados por los parásitos formulan preguntas incoherentes con absoluta seriedad. Se miran entre ellos, comprenden que la charla terminó y empiezan a subir con intenciones bastante claras: eliminarlo.

Pero nuestro héroe protagonista, en un arranque de lucidez poco frecuente en la historia, se balancea hacia otra estructura, esquiva el problema y alerta a su equipo: a su asistente, al joven y al senador. La respuesta es inmediata y muy científica: abren fuego. En segundos, los oficiales caen. Otra vez, la solución universal del guion. Disparar primero. Explicar nunca.

…Y a los golpes tampoco se arregla nada. Bueno, en esta película sí. Siempre.

El sheriff se dirige hacia la zona del cono para montar guardia, como corresponde a toda autoridad que todavía no fue absorbida por un parásito. En el camino encuentra a un hombre desmayado sobre la carretera. Se baja a ayudarlo, gesto noble… error fatal. El supuesto inconsciente se levanta y le encaja un rodillazo directo, inaugurando una secuencia de trompadas que parece coreografiada por alguien que jamás vio una pelea real.

En medio del intercambio aparece otro sujeto, avanzando con paso mecánico, mirada vidriosa y cargando un frasco luminoso como si fuera un delivery del apocalipsis. Todo muy normal. Entre los dos reducen al sheriff y, fuera de cuadro, ocurre lo inevitable: la patrulla bloquea la vista y el espectador completa la escena. Cuando vuelve a incorporarse, el jefe de policía ya no es exactamente el mismo. Ahora forma parte del club. Todos suben al vehículo con esa serenidad zombi tan característica de quien perdió el libre albedrío… y probablemente el guion.

Más tarde, el joven y nuestro héroe protagonista llegan a la oficina del telégrafo buscando respuestas. Pero encuentran posesión masiva. Y como la diplomacia no es una opción disponible en este universo, la verificación se realiza a base de golpes. Otra ronda de trompadas, porque en este pueblo la detección de alienígenas funciona como un deporte de contacto.

El verdadero problema… y quizá la razón por la que “Los Devoradores de Cerebros” nunca alcanzó estatus de culto, es la ausencia de alienígenas que den miedo o siquiera impresionen.

El momento más inolvidable —por razones que nadie pidió— llega cuando extraen del cadáver del alcalde al parásito adherido a su nuca. Ahí aparece una escena quirúrgica que mezcla tensión, exposición científica… y una calma exasperante. Nuestro héroe protagonista se toma todo su tiempo para explicar la situación, incluso enciende la pipa mientras los demás esperan como si asistieran a una clase magistral. Urgencia cero.

El diagnóstico llega con solemnidad: la criatura estaba fusionada al sistema nervioso. Si alguien intentaba arrancarla sin cuidado, esa especie de pantufla peluda con antenas, liberaba una sustancia corrosiva que mataría al huésped en cuestión de horas. Traducido al idioma del guion: una vez que te controla, ya estás terminado. Final sin devolución.

Más adelante, nuestro héroe protagonista examina uno de estos especímenes y le explica a su chica que la criatura se comporta como ciertos reptiles, las serpientes: si la cortas, sigue moviéndose. Y la teoría se confirma de inmediato. El fragmento separado comienza a desplazarse por la mesa, se le adhiere al brazo sin que lo note y desata una escena de gritos y desesperación. Él le pide ayuda a la joven. Ella responde con golpes poco convincentes, como si estuviera espantando una mosca incómoda. Nuestro héroe protagonista, ya en pánico, advierte que la criatura le está desgarrando la piel. Solución final: mechero Bunsen directo sobre la pantufla peluda con antenas. Fuego, humo y, suponemos, criatura calcinada.

Después llega una secuencia que busca ser inquietante. El sheriff poseído y sus dos aliados avanzan de noche hasta la casa de Alice, la novia de nuestro héroe protagonista. Uno introduce por la ventana a otra de estas criaturas. La cámara adopta el punto de vista del parásito, que se desliza por el suelo, trepa a la cama y espera el momento perfecto para atacar. Suspenso en construcción… hasta que la escena se detiene sobre la espalda de la joven, que justo, según dice el guion, gire para que entendamos lo que va a pasar. Fuera los tres hombres controlados por los parásitos esperan, la joven abre la puerta, aparece caminando hacia la patrulla, camisón sexy transparente, expresión neutra y una pantufla peluda adherida a la espalda. Procedimiento completado.

En diferentes escenas, las criaturas demuestran cierta estrategia. Primero controlan al telegrafista para bloquear el mensaje del senador al Capitolio. Luego toman a la telefonista y sabotean las comunicaciones. También intervienen la emisora local. Una invasión organizada, eficiente… y narrada con la urgencia de una reunión administrativa. Porque en este pueblo, incluso el apocalipsis parece gestionarse con horario de oficina.

CLIMAX DE LA PELICULA
El clímax llega después de varias teorías improvisadas sobre cómo detener la invasión. Y, fiel al espíritu de la película, la resolución combina drama, trompadas, disparos y decisiones bastante cuestionables.

Nuestro héroe protagonista se encuentra cara a cara con su novia, en un camisón sexy transparente que nadie entiende cómo llegó hasta los andamios —suponemos que salió del cono—. Ella lo apunta con un arma, fría y decidida. Él intenta razonar: promete salvarla, quitarle la criatura de la espalda, que no va a dejar que muera. Discurso intenso, mirada cargada de drama… y la respuesta es inmediata: dos disparos. Romance fulminado a balazos.

Herido y tambaleante, nuestro héroe protagonista alcanza a gritar la solución final. Ordena al joven que dispare contra el cable de alta tensión para electrocutar el cono gigante. Una idea que la película había insinuado antes, mencionando esos 80.000 voltios con la sutileza de un manual de electricidad básica. El disparo impacta, la corriente entra en juego y el interior del cono se transforma en un espectáculo de humo y chispas. Las pantuflas peludas con antenas empiezan a retorcerse, como si las hubieran dejado olvidadas en una parrilla cósmica.

La amenaza se apaga. Todo parece terminar. Y entonces llega el cierre boludo de premisa de los 50, la novia del hijo del alcalde, suelta un “¡Oh, Glen!” con entusiasmo de radioteatro.

Se abrazan. Se alejan caminando. Fundido a negro. Como si nada de lo anterior hubiera sido particularmente traumático. Porque en este universo, sobrevivir a una invasión parasitaria solo requiere mucha electricidad, muchos disparos, trompadas a quien se ponga delante y una capacidad admirable para olvidar lo ocurrido en cuestión de segundos.

¿QUÉ MENSAJE NOS DEJA?
Si uno busca profundidad filosófica, mejor busca otra premisa. “Los Devoradores de Cerebros” no viene a cambiarnos la vida, pero sí nos deja un mensaje muy claro sobre el caos absoluto: no importa cuánto planees, cuánto corras o cuánto dispares, la vida (y las pantuflas peludas con antenas) siempre encuentra la manera de arruinar tu día.

En otro nivel, el mensaje es un guiño a la inevitabilidad del control externo. Desde los parásitos hasta los personajes modo zombis, la película recuerda que siempre hay fuerzas manipulando lo que creemos libre: un recordatorio un tanto absurdo, exagerado y divertido de que la autonomía humana puede ser tan frágil como un frasco de vidrio brillante en manos equivocadas.

Y finalmente, mensaje tres: la lógica es opcional. Que algo sea ridículo, incoherente o imposible de seguir no impide que la historia avance, que los héroes disparen, que las pantuflas peludas con antenas se arrastren y que el espectador siga mirando con una sonrisa. En esencia, el filme deja un mensaje más universal y casi filosófico: en el cine de serie B, sobre todo de los años 50, la diversión y la creatividad desbordada pesan más que la coherencia.

EPILOGO
Para los fans del cine de ciencia ficción y terror de los 50, “Los Devoradores de Cerebros”, puede despertar nostalgia, aunque es improbable que conquiste a un público más amplio o que se recuerde como una película realmente innovadora o indispensable.

Mi calificación para "Los Devoradores de Cerebros" es un 4 PELADO Investiga.

ESCENA CLAVE (CLIMAX)
Después de vaciarles medio cargador a los dos policías ya controlados por las pantuflas peludas con antenas, nuestro héroe protagonista y el sobrino del alcalde entran finalmente al interior del cono. Sin plan claro, sin refuerzos y con una seguridad envidiable para alguien que ya vio cómo termina casi todo en esta historia.

Adentro, el panorama es simple: humo por todas partes. Mucho humo. El suficiente como para ocultar lo que sea… criaturas, cables, decorados o directamente agujeros de guion. La visibilidad es mínima, la lógica también. Y entre esa neblina improvisada, la película se abre paso hacia su momento decisivo. Porque de repente, casi sin transición, llegamos a la ESCENA CLAVE

La escena que más hará saltar de emoción a los fans del sci-fi clásico es, sin dudas, la aparición de un invitado de lujo: conocido mundialmente por interpretar al mismísimo Sr. Spock, el vulcano con orejas puntiagudas de la icónica “Viaje a las Estrellas” Leonard Nimoy (escrito Nemoy en los créditos).

Su papel es breve: interpreta al Profesor Cole, también desaparecido hace cinco años, seleccionado por las pantuflas peludas con antenas como su Director de Comunicación Corporativa en versión humana.

Nuestro héroe protagonista y el hijo del alcalde, después de entrar al cono —ese que prometía pasadizos infinitos pero que el guion lo resuelve rápido— se encuentran frente a frente con el Profesor Cole. Tras unas presentaciones formales, llega el momento esperado: “Spock Modo Dios” les ofrece una Master Class sobre los planes de las pantuflas peludas con antenas.

El Profesor Cole expone la estrategia de la especie, desarrollada durante dos millones de años: infiltrar lentamente a más de los suyos “desde abajo” usando recipientes humanos. “Nuestro orden social es puro e inocente…”, proclama, “…Inculcaremos en los humanos una vida libre de conflicto y desorden. Qué ironía: que el hombre reciba su utopía como regalo en vez de ganársela”.

En ese instante, nuestro héroe protagonista, aplica la solución clásica del sci-fi de los 50: saca la pistola y apunta directo a “Spock Modo Dios”. El resultado: un caos total. Una horda de pantuflas peludas con antenas corre tras ellos. Menos mal que el humo disimula el desastre y permite que la escena avance sin demasiadas explicaciones. Y así, entre disparos, pantuflas peludas con antenas que se les acaba la cuerda y discursos filosóficos de “Spock Modo Dios”, cerramos este viaje por “Los Devoradores de Cerebros”.

Un clásico que mezcla paranoia, ciencia ficción y un caos que solo los años 50 podían permitir…

Ficha Técnica
Fecha Estreno: 11/05/1958
Título: The Brain Eaters
Duración: 60 minutos
País: Estados Unidos
Dirección: Bruno VeSota
Actores icónicos: Ed Nelson y Leonard Nimoy







El PELADO Investiga.

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